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“Tango Villero”, el canto marginal que se niegan a oír

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En sus inicios, el tango fue un género musical creado por los estratos más bajos de la población porteña para su disfrute. Sin embargo, su ritmo y letra presentó inmediatamente una barrera social y cultural impuesta por el sector más pujante, que se negaba a escuchar sus canciones, e identificarse con ellas. De esta manera, fue en los suburbios (villas) y puertos donde solo los marineros, exconvictos y nuevos inmigrantes disfrutaron de esta expresión artística mientras se unían en un ritual de seducción con las prostitutas del lugar.

Un camino muy similar fue el que le tocó seguir a la cumbia villera, un género relacionado a las “villas de emergencia” o zonas periféricas de las principales ciudades argentinas, que casi se vieron obligadas a rendirse ante los obstáculos culturales impuestos en el año 2001 durante la crisis económica, política y social que causó la renuncia del presidente de ese entonces, Fernando de la Rúa. Así, uno de los pocos escapes que tuvieron los habitantes de esta región fue este estilo que a modo de canto de guerra expresaba su descontento contra el sistema, por lo que inmediatamente fue censurado, ridiculizado y hasta invisibilizado por la sociedad pudiente.

La cumbia y el tango son vistos entonces como resistencia y riqueza cultural de un país que continuamente renace de las diferentes crisis que vive, para convertirse en un capullo de reinvención de estilos de vida que se niegan a la expulsión y exterminio.

De esta manera, el deseo de permanecer en el tiempo es el punto con el que ambos géneros se conectan para darle vida a Tango Villero, un espectáculo creado e interpretado en vivo por Sebastián Ziliotto, quien presta su voz para unirse al lamento de un modo de vivir, dirigido por Gabriel Villalba.

La trama cumple con las características de una comedia musical que muy al estilo de espectáculos como Mamma Mía!, Hoy no me puedo levantar y Aire, usa letras de canciones existentes como «Mabel», de la agrupación Los pibes chorros, “Vos sos botón” de Flor de Piedra y “Paisaje”, de Gilda, para contar un relato lineal que habla de barrio, amor, sexo, infidelidad, mentira y drogas. Con todo, la producción opta por suplantar la parafernalia de una producción neoyorquina con sencillos pero sensuales números de baile.

Ziliotto apela al conocimiento del público de estas conocidas canciones porteñas para robarse su tímida risa, aunque vale la pena analizar si son leves carcajadas de mofa hacia un sector marginado que busca hacer espacio sobre las tablas como uno de los pocos medios de manifestación frente a un país que continuamente lo opaca; o es una expresión de reconocimiento y apoyo ante un grupo de personas que necesitan ser escuchadas. Una tesis que merecería varias lecturas.

Mientras tanto, el intérprete es acompañado por una orquesta en vivo que viste zapatillas, y le da ritmo a los bailarines Marcela Dibon y Walter Amaya, que llevan sobre sus hombros la tarea de dramatizar suavemente estas escenas propias de una sociedad que vive en periferia. Un detalle que es importante resaltar es que a cada función, se suma un artista sorpresa invitado que aporte su toque de buen humor a la propuesta teatral.

Para generar más emociones a flor de piel, los danzantes se comunican entre sí con frases como “¡Tómate el palo!”, “¡Re piola!”, “¡Tírate un paso!”, mientras lucen maquillajes corridos, peinados rápidos y van ataviados de piezas que a simple vista resultan andrajosas, desgastadas y rotas, acordes a los clichés relacionados a este nivel social, para mostrar así una realidad que algunas clases sociales han decidido omitir y otras disfrutar.

“Tango Villero” no busca más que demostrar con una fusión que existen géneros musicales que comparten historia, códigos lingüísticos y contextos, que comúnmente los obligan a marginarse para darle paso a los gustos masivos; pero cuya realidad guarda como caja de pandora la forma de expresión de sectores oprimidos que hayan en la cultura un grito de guerra, que deleita pero con el que también se sufre y tal como ocurre con manifestaciones así, se resiste a cambiar o incluso desaparecer.

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