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#Opinión El valor de la ofensa

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Cuando un personaje ofende a otro, la ofensa en cuestión va dirigida a promover un cambio. Nunca una ofensa en la arquitectura dramatúrgica está exenta de valor, al contrario, sobre las ofensas se construye el impulso hacia la obtención (o la perdida) del deseo primario, que motiva las acciones y sus posteriores resultados.

Debe alguien ofender para encender la chispa del cambio, porque una ofensa desestabiliza la ilusión de un mundo ordenado, y de esta manera promover en el (los) personaje(s) un motor de arranque necesario. En criollo, mover la mata para que los frutos caigan.

Quizás una de las mayores <<ofensas>> de la dramaturgia universal, pueda estar condensada en la frase que Hamlet le estampa a Ofelia al mandarla a un convento (en realidad, al estar Hamlet movilizado por el odio, serpentea su plan a través de un cúmulo de ofensas), la contundente y desgarradora palabra del príncipe resguarda también un acto de salvación.

Hamlet enloquecido, enceguecido por el odio y la venganza solo ve manera de salvar a Ofelia a través de una ofensa, pero Ofelia, joven y dolida, solo procede a hundirse en sus emociones para desencadenar su propia muerte. Veamos el extracto:

       OFELIA.- Muy grande fue mi engaño.

       HAMLET.- Vete a un convento. Porque, ¿para qué te expones a ser madre de hijos pecadores? Yo soy moderadamente honesto, pero al considerar algunas cosas de que puedo acusarme, sería mejor que mi madre no me hubiera parido. Soy muy orgulloso, vengativo, ambicioso; con más pecados sobre mi cabeza que pensamientos para explicarlos, imaginación para darles forma y tiempo para llevarlos a cabo. ¿Qué hacen tales tipos como yo, arrastrándose entre el Cielo y la Tierra? Todos somos muy malvados. No creo en ninguno de nosotros. Vete a un convento … ¿Dónde está tu padre?

       OFELIA.- Está en casa, mi señor.

       HAMLET.- Pues que cierre bien todas las puertas, para que pueda hacer tonterías sólo dentro de su casa. Adiós.

Si ya Hamlet ha signado su destino, a sabiendas de que obrará con todo el peso de la discordia sobre los que han ultrajado el reino, ve (y dicta) en una oferta de castidad, la única salvación para la joven Ofelia. Sale mal por supuesto, en “Hamlet” nadie se salva, es una tragedia y como tragedia, es a través de una ofensa original que se desencadena el drama: la muerte del padre.

Hay en esta imagen, la metáfora perfecta que nos permite visibilizar el lado más oscuro de la ofensa. Pero también el surgimiento de un deseo de salvar lo más puro.

La ofensa en cuestión promueve la salvación del ofendido, pero el ofendido más allá de ver sobre su emoción se deja maltratar por la ofensa. Las acciones de Hamlet, aunque de cuidado, resguardan la salvación de un linaje, y de una dignidad rota, aunque la pesadumbre silente de la muerte sea el destino fatal y último. Sobre Hamlet recae el peso de la restitución de un orden natural, que incluso su propia madre ha ayudado a desestabilizar.

Y Hamlet, decide desestabilizarlo todo, como un ángel negro.

La ofensa al poder y la familia

Algunas otras ofensas han abarcado la historia de la narrativa escénica. El Doctor Stockmann ofende la institución lógica del poder al enfrentar a su hermano, el alcalde, para la salvación de una comunidad en su batalla personal para que el agua contaminada no acabe con la vida de los veraniegos en el balneario. La ofensa al poder se da con la necesidad de preservar el bien común, a pesar de que esta ofensa se vea como un acto de traición, que lo lleva a ser disminuido a la mera figura del enemigo, el enemigo de un pueblo, llamado así en su lucha por la preservación de la vida. Nunca antes ser un villano se había visto como un acto de heroísmo. Para quienes acusan a Stockmann de ser el enemigo, su verdad es ofensiva a la razón.

Por otra parte, Nora en Casa de muñecas, ofende la consagración de las bases familiares con la única intención de revelar un instinto personal de preservación existencial, Nora a través de la ofensa a su marido e hijos, obtiene la libertad que siempre se (le) ha negado, por intentar mantener la reputación de las bases matrimoniales a la manera intachable que el status quo le exige, su infelicidad es el precio a pagar para evadir los “que dirán” de una época sumida en un establecimiento moral y ético que atenta frente a la concepción del individualismo y por ende de la libertad personal.

La felicidad de Nora está fuera de los márgenes de lo llamado “normal”, y Nora entiende que solo podrá hallarse así misma, rompiendo por completo con esta ilusión que la “sociedad” le ha dicho es la correcto.

Bajo este panorama, ejemplos de clásicos universales de la dramaturgia, queda despejado el velo para descubrir un hilo conector en la historia minúscula que el teatro respalda frente a la mayúscula de la vida que llamamos “real”, alejada de toda “ficción”, y es que toda ofensa acompaña un resquicio de verdad. Nora ofende la institución del matrimonio, para arbitrar las consecuencias de un deseo negado, Hamlet ofende la existencia de sus consortes para revelar el asesinato del patriarca y vengarlo, Stockmann ofende la razón pública para enaltecer el derecho a la verdad. Si estos personajes de ficción trabajan engranados en la búsqueda de sus libertades, los hombres y mujeres reales de nuestro día acusan sus ofensas ¿para librar qué tipo de batallas?

La necedad del mundo que vivimos parece hacer imperativo el juicio de la majadería. La red, ha atrapado y logrado visibilizar que posiblemente nuestro mundo esté habitado por millones de tontos útiles a la nada, capaces de proclamar sus complejos como razones de alto vuelo, para ofenderse por la opinión pública.

Entonces, están los ofendidos y los que ofenden, la realidad más real a veces plantea que si no eres el príncipe de Dinamarca, una mujer atrapada en la insana institución del matrimonio, o un biólogo capaz de dar su vida por otros, ¿realmente importa que te sientas gato? ¿o resulta más valioso que otro te diga, que más que sentirte gato, deberías empezar a usar la cabeza para serle útil a la humanidad? Parece ser, que estamos en la era del vagabundo tecnológico, el deprimido de ocasión que deja acumular la ansiedad del hacer, de la praxis, del trabajo, de la neurona produciendo energía, para convertirse en bebote madurado frente a la pantalla, un teletubbie con acceso tecnológico, disfrazado de narciso para llamar la atención de un algoritmo, pero ¿los likes que se dan en la red, son los mismos toques que nos damos en la realidad? Debería ser ofensivo para el hombre que tiene deberes como preservar la vida, la estampa del adulto que piensa que el mundo se come siempre de un tetero que le debe dar otro.

Y entonces, ¿quién le hacer ver que el mundo es más que un deseo, y que el valor de ser un hombre o una mujer, va más allá del sentirse perro, lagarto o venado? Es ofensivo el creer que teniendo la razón se está en derecho de anular la opinión. Por tanto esa es una batalla que se debe librar a luz del estrago de la mutación. El mundo está cambiando, eso es indudable, la pregunta es ¿el resto será silencio?

Debate virtual: El futuro del teatro

Texto: Daniel Dannery
Fotografía de Daniel Dannery de la obra «El banquero anarquista» de Marisol Martínez  

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