DestacadosElio Palencia: "Soy fundamentalmente un autor de teatro venezolano"

Elio Palencia: «Soy fundamentalmente un autor de teatro venezolano»

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Elio Palencia es uno de los dramaturgos más destacados en la escena cultural venezolana. Con sus obras transmite emociones intensas y auténticas. Es un dramaturgo que muestra y le interesa mostrar lo tabúes, «lo oculto» de la sociedad venezolana. Como la comunidad LGBTIQ+, la emigración, el exilio interior entre otros.

Su carrera no solo se destaca como dramaturgo sino como director teatral, guionista de cine y televisión. Palencia tiene más de 30 obras escritas, entre ellas adaptaciones de clásicos de la  literatura venezolana, como Doña Bárbara, la perfecta ama de casa inspirada en la novela de Rómulo Gallegos. De esta manera el nombre de Elio Palencia se hace presente como referencia en la dramaturgia venezolana. Tanto así que dos de sus obras: Escindida y Penitentes se han  ganado el premio principal del Festival de Jóvenes Directores del Trasnocho Cultural en 2020 y 2022 respectivamente.

El autor venezolano vive en Madrid actualmente y ha recibido el Premio CELCIT, Mejor Autor 2004 y por dos años consecutivos (2007 y 2008) el Premio Municipal de Teatro “José Ignacio Cabrujas” como autor más destacado del año por mencionar algunos. En El- Teatro, lo entrevistamos para indagar sobre sus inicios en la dramaturgia, sus procesos en la escritura y sobre el teatro venezolano.

De la actuación a la dramaturgia

Elio Palencia. Foto de la Esfera Cultural

– Cuando comenzaste a escribir dramaturgia ¿Tenías claro que era lo que querías o fue una búsqueda larga tomando en cuenta que comenzaste en la actuación?

Ambas cosas: lo tenía claro y fue el hallazgo tras un recorrido que, como joven actor, me llevaba a percibir que en los escenarios de mi ciudad había cosas que deseaba ver y decir. Personajes, conflictos, contenidos y formas en las que explorar, que tenían que ver con necesidades de generación. Entonces, empecé a interesarme por escribir y dirigir. Decidí formarme. Sin embargo, esto puede que no sea preciso: desde niño, tuve una gran fascinación por “la representación”, la ficción, las letras, el espectáculo.

En el liceo, juntaba compañeros para “hacer teatro”. Dibujaba escenarios, movimientos, imaginaba elencos y en cuadernos escribía parte de lo que montábamos, diálogos. En la universidad en un grupo más constituido me centré en la actuación y de ahí a la profesión, pero siempre desde una visión amplia, panorámica, curioso, crítico, involucrado con el hecho teatral como un todo. De modo que aunque mi primer texto “Detrás de la avenida” surgiera en un taller del CELARG con Rodolfo Santana a los 24 años, realmente, fue entonces cuando comencé a escribir.

¿Qué ha cambiado en cuanto a enseñanzas y puestas en escenas en el teatro desde que comenzaste tú formación en Rajatabla y en la Compañía Nacional de teatro a lo que se ve hoy en día en Caracas?

Mucho, porque la vida es cambio, si no (RISAS). En algunos aspectos para mejor y en otros, los más quizás, para no tanto. No estoy en Caracas, así que me cuesta una apreciación precisa. Sólo cuento con referencias de amigos, las redes, etc. Hay un entusiasmo vivo y patente que se ha puesto a prueba en los años recientes con tanta crisis social, económica y moral.  Un valor humano inmenso en la voluntad por defender vocaciones, discursos y riesgos artísticos; escuelas que antes no existían, también un teatro comercial con un nivel interesante de calidad y público, una valoración un poco mayor de la dramaturgia nacional, sobre todo entre los jóvenes.

Pero, paradójicamente, muchos menos recursos, más dificultades de las que ya había, un minimizado apoyo institucional, tanto público como privado, ahora mucho más condicionado por ideología de un lado o pragmatismo mercantilista de otro, un gran desamparo de la producción permanente que ha impedido la continuidad de colectivos y el desarrollo de propuestas estéticas menos inmediatas o de mayor rigor y alcance. Una orfandad que ha generado más fragmentación, cuando no disipación o imposibilidad, de logros.

Algo que, en general, tiene que ver con el teatro en el mundo occidental en las últimas décadas, su pérdida de valorización e incidencia sociales, pero que en un contexto tan depauperado como el de Venezuela, donde hubo hallazgos en las últimas décadas del siglo pasado, se hace mucho más agudo y lamentable, porque injustamente exige un nivel de esfuerzo y heroicidad a los creadores para sobrevivir.

La dramaturgia: Procesos, ego y reconocimiento

– ¿Cómo se construye un sello personal? Es decir cómo el público reconoce una obra de Elio Palencia ¿Cómo definirías esos puntos en tu escritura que te distingue de otros autores?

No lo sé. (RISAS) Supongo que trabajando, comprometiéndose con lo que uno hace, aceptando tanto necesidades, límites y potencialidades. Ejerciendo la libertad hasta donde te es posible, con lo bueno y lo no tanto, lo placentero y lo cruel, con adultez y flexibilidad. No sabría definir lo que podría llamarse en mi trabajo un “sello personal”, tal vez intuirlos, pero, repito, creo que en eso serían más precisos los estudiosos del teatro, que tienen herramientas para abstraer, objetivar, contrastar.

Asumo pertenecer a una tradición dramatúrgica – modesta, diversa y contradictoria como lo la de las artes en nuestra historia republicana- donde están desde Marcano, González Rincones, Bolet Praza o Guinand hasta César Rengifo, Elisa Lerner, La Santísima Trinidad, Rodolfo Santana o Gabriel Nuñez. También reconozco mi indagación consciente en un imaginario personal que incluso, cuando he dictado talleres me ha costado explicar a los alumnos. El espacio de la creación es muy frágil, tan lleno de misterios y vértigos que ni aunque quisiera -que no quiero- me costaría objetivarlos o racionalizarlos completamente. Prefiero que siga siendo así: para mí, parte de la seducción de escribir está en entrar a jugar en esas selvas y marañas.

-¿Cómo es el Elio Palencia a la hora de escribir una obra de teatro, un novela, un proyecto de TV. Te aísla, te encierras por meses? ¿Cuáles serían esos hábitos particulares?

Soy bastante simple y dúctil en eso. No tengo apenas ritos, fetiches, imposiciones o demandas. El silencio, quizás; y, eso sí, en el caso del teatro, que para mí es el espacio de la mayor libertad -o sea, no como la televisión o el cine condicionados más por lo económico, temático o formal- partir de una necesidad. Escribir teatro no da dinero ni popularidad y, en países como Venezuela, ni siquiera un prestigio que dé alguna garantía, así que he entendido que la gran satisfacción es el hecho mismo de hacerlo cuando lo deseas.

Así que, si no hay una honda necesidad ¿Para qué? Esa sería mi exigencia: necesidad interior. De resto, en cuanto a hábitos, si hay fuerza en el impulso, bastan un lápiz y una servilleta o una laptop, sea noche o día, con velas o reflector, en silencio o con la música de un vecino a todo volumen. Incluso con hambre, aunque esto ya es más difícil (RISAS). El cine o la tele comercial son otra cosa. Ahí, como cualquier trabajador que marca tarjeta, con disciplina de militar o cura: reloj despertador, café, cigarro y “¡a la mina!, que toca ganarse el pan”. (RISAS) En teatro, en cambio, es atreverse con el caos y la libertad.

-Para los principiantes, los que quieren iniciar en la Dramaturgia, pero no saben por dónde arrancar ¿Cuáles serían esas herramientas básicas que les recomendarías?

Me resulta difícil dar consejos, “recetas” o algo así. La formación artística es, a mi juicio, algo muy delicado. Por mi modesta experiencia docente, entiendo que hay dos grandes ejes en el aprendizaje de este oficio: por un lado, hacerse con una cultura general y de las artes escénicas, con las herramientas técnicas propias del género dramático. Por otro, el hallazgo y compromiso, a conciencia, con lo que llamo “la propia voz” – capaz de generar eso que mencionabas antes, un sello personal, un estilo, etc.- Esto último es paradójicamente lo más difícil -casi imposible- de enseñar.

Como docente uno puede ayudar, facilitar que el alumno logre reconocerlo, buscarlo y/o desarrollarlo, pero el resto depende de la intensidad y voluntad vocacionales. Uno puede decir “lee, ve todo el teatro que puedas, bueno y malo, disfrútalo o recházalo, siente, disfruta de las artes, analiza, escribe, reescribe, equivócate, acierta, descubre, ¡vive!…”. También remitir al socrático “conócete a ti mismo” e instar a su vinculación dialéctica con la escritura. Creo que es el propio impulso, la necesidad de cada quien, así como la actualización o no de su entrega o no, de su relación de amor o desamor para con el oficio y el teatro en general lo que dará un carácter, un sentido, una particularidad.  Y hacer que fluyas y construyas una obra o no (RISAS).

– ¿Has querido o lo has hecho. Esconderte y escuchar los comentarios del público al salir de tus obras de teatro ?

¡Claro que lo he hecho! Pero más frontalmente o a veces “hecho el pendejo”, después de una función. Es una experiencia estupenda, necesaria para complacer o castigar a ese ego que se tiene y que no es poco. Se escribe teatro porque se tiene la desfachatada pretensión de “tener algo qué decir  o formas y contenidos para proponer en un escenario y que lo vean otros ¡Un “eguito”, ¿no?! (RISAS). Esa vanidad, por muy poca que sea, busca alimento y ahí están los lectores y espectadores destinatarios de tu plato para confirmar cómo le supo la sopa o el guiso que le has servido. Para mí, esta retroalimentación es inherente cualquier trabajo que implique directamente al otro. Importante y, según se procese, enriquecedor.

Venezuela siempre presente en sus obras

«Penitentes». Foto de Sello Cultural

– Desafíos cómo autor. ¿Cuáles son esos temas que te mueven y que ves en ellos características claves para escribir una historia de teatro?

Muchos, y me cuesta nombrarlos porque las inquietudes y necesidades son cambiantes como la vida. Creo que serían más precisos los estudiosos, teatrólogos, criticos, investigadores, los propios compañeros o el público, para responder eso. Puedo detectar desde siempre un gran interés por “el otro” en tanto “diferente”, con el que puedo identificarme o no. Los eternos misterios: la vida, la muerte, la justicia y la impunidad ¡Tan de nuestros países! La complejidad de las relaciones familiares, amorosas, la dificultad para la autoconciencia.

Un marcado interés por la venezolanidad, la memoria histórica y las posibilidades de teatralidad que genera un imaginario enraizado allí. Ya más coyunturalmente, me ha interesado la situación de la comunidad LGBTI en un contexto más difícil que otros, también la emigración y el exilio interior, recurrente en nuestra literatura desde Andrés Bello o Pérez Bonalde, hasta Ramos Sucre, Rómulo Gallegos o José Ignacio Cabrujas. Sí, en temas como esos me han interesado las preguntas, compartir las preguntas y explorar en la teatralidad.

«Escindida». Foto de Esfera Cultural

¿Qué significa para ti que tus obras se sigan momento en Venezuela y que recientemente una de ellas se haya ganado el 1er lugar en el Festival de Jóvenes Directores?

La reiteración del privilegio de haber hallado a un otro con el cual compartir juego, que has tocado sus sentidos o su mente; comunión, empatía, reconocimiento, sea por goce o incomodidad, reflexión, en fin. No sólo respecto a los espectadores, sino a los creadores que han hecho su lectura escénica, construido personajes, creado espacios, vestuarios. Que jóvenes talentosos y comprometidos como Omar Churión o Francisco Aguana (que ganó la edición anterior con “Escindida”) encuentren en textos que he escrito puntos de partida para crear, movilicen equipos y voluntades y, encima, ganen esos certámenes, es de una alegría que me ruboriza, que me coloca en el espacio del vértigo, de lo renovador y vivificante.

Para mí son regalos añadidos al privilegio esencial que es poder escribir y procuro no darlos por hecho. Es parte del misterio de procurar seguirse a uno mismo. Y, como suelo decir, los privilegios se honran con generosidad. Así que está bien felicitarse, reconocerse, celebrar y seguir adelante, alerta por si se tiene algo más para dar (dándote), cosa que tampoco puedo dar por hecho (RISAS).

Al final el dramaturgo es vocación, lenguaje propio, reconocimiento y tener trabajo ¿ Lo consideras así ?

Podría ser. Los periodistas suelen ser mejores en esto de simplificar, afirmar o concluir. Para mí todo es mucho más ambiguo, inexacto, resbaladizo, difícil (RISAS). Tal vez sólo matizaría lo de “tener trabajo” y diría “contar con los mínimos medios de vida” que si hay que echarle horas a eso, ojalá sea con una actividad lo más cercana a tu oficio (la ficción en cine o televisión, la gestión cultural, la publicidad, la docencia o el circo, por ejemplo).

Cuando tienes verdadera necesidad de escribir algo -te proporcione o no para pagar el alquiler o hacer mercado- ¡ya tienes garantizado bastante trabajo! ¿El reconocimiento? ¡Es helado de pistacho con chocolate! (RISAS). Pero he aprendido que cuando logras terminar una pieza ya tienes el que más importa, sea o no leída, montada, publicado o premiada, que ¡ojalá! (RISAS) porque lo demás es regalo y no depende de ti.

Proyectos y sueños

-Siempre tenemos anhelos y sueños por cumplir. En la dramaturgia me podrías mencionar uno de ellos

La verdad -y aunque parezca ostentación vanidosa, que no lo es, lo aseguro- me hablas de anhelos y sueños en el ámbito profesional y me quedo en blanco, en un vacío plácido ¿será eso el Tao? (RISAS). Me siento muy satisfecho, muy realizado y reconocido, muchos sueños que no había soñado -al menos conscientemente- los he visto materializarse ante mí, maravillarme como un chamo en un circo. Sin ir más lejos, pensando en el reciente fallecimiento del gran Peter Brook, pude ver algunos de sus montajes como El Jardín de los Cerezos en Moscú o La Tempestad en la sede de su compañía Les Bouffes du nord; ¡A él mismo respondiendo preguntas allí, sentado en un escalón, a escasos metros de mí! ¿No es un privilegio?! Gracias a la eficaz gerencia y generosidad de gente como Carlos Giménez y un Festival Internacional.

O el hecho de que tú ahora me hagas una entrevista porque en los últimos festivales de nuevos directores dos jóvenes han ganado montando textos míos ¡Esas maravillas nunca las soñé! Son sólo ejemplos. Tal vez, si hay anhelos y sueños, estén en la capacidad de poder continuar haciendo, fluyendo con salud y libertad en la escritura. A veces he sentido que hay hallazgos esenciales que aún no he podido expresar en un texto, sintetizar, convertir en propuestas dramáticas. Esas almendras íntimas y mínimas y su dialéctica con unos resultados en unas piezas quizás sea una asignatura pendiente. Pero, sinceramente, tampoco me quita el sueño. Al revés, me alegran y alientan. Uno llega hasta donde llega, y en mi caso considero que no está nada mal. Lo agradezco.

– Proyectos teatrales que puedas mencionar que estés haciendo en Madrid actualmente o a futuro.

En Madrid, el teatro se remite a las teclas de mi laptop y, a veces, a disfrutar como espectador. Soy fundamentalmente un autor de teatro venezolano, eso me quedó claro en mi primera migración hace treinta años.  Ahora, a proposición de mi querido y admirado Orlando Arocha y su equipo de La Caja de Fósforos, escribo un ejercicio dramatúrgico para el proyecto Nuestro Molière, del cual se harán unas lecturas dramatizadas en Caracas en el segundo semestre de este año. Me lo estoy pasando muy bien revisitando a este autor enorme partir de cuya obra y espíritu, intento construir algo muy personal cruzándolo con mi imaginario e inquietudes actuales, con mucho desparpajo venezolano y, bastante revelador para mí.

No sé aún cómo lo irán a percibir los otros creadores y el público. Tengo curiosidad. Por lo demás, muchas ideas, pulsiones, formas caóticas, huevos o cigotos que afortunadamente están ahí. Espero que algunas vayan encontrando camino hacia un puñado de cuartillas en las que al final logre teclear las palabras “Fin” “Oscuro” o “Telón”, cosa que, repito, jamás puede asegurarse. Pero eso también está muy bien: uno está vivo. ¡Gracias a ti! Y a quienes lleguen a leer esto.

Lee también: Velocidad mínima: La dramaturgia de Paco Bezerra en una antología

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