Destacados #Crónica: Perdedores hermosos. (III/IV)

#Crónica: Perdedores hermosos. (III/IV)

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Perdedores hermosos.

Memorias de un viaje a Mérida, en el marco del Festival de Teatro para Mérida.
(III/IV)

PUEDES LEER LA PRIMERA PARTE DE ESTAS CRÓNICAS AQUÍ / Perdedores hermosos I.

III

Mérida.
Jueves 19 de Diciembre.

6:46am.
La noche anterior me había comunicado con Paubla. Paubla es otra de la asistentes del festival y apoya en la logística, además es estudiante de teatro. Le pregunto en un mensaje de voz si existe la posibilidad que un taxi  nos busque en el hotel. Cargamos una maleta donde viaja prácticamente la producción de la obra. En ella están elementos técnicos, una robótica giratoria, una pequeña estroboscópica y un pequeño foco lineal.

La robótica y la lineal bajo la niebla de una buena máquina de humo, dejan ver un efecto sorprendente de luminancia, que engrandece el tamaño del espacio y transforma el escenario en una pequeña caja low-tech. El resto de las cosas: tubos de pinta-dedos para el maquillaje corporal, las brochas, la soga, la bolsa de tela, toalla, jabón, etc.

Paubla me dice que no hay ningún problema. El taxi pasará por nosotros a las 8:30am. Según mis planes deberíamos estar llegando al teatro a las 9am a comenzar la laboriosa jornada de montaje. Nuestra primera función es a las 3pm.

Abilio está parado desde temprano. Ha repasado texto. Lo he sentido yendo y viniendo entre sueños, como un alma en pena que busca la manera desesperada de salir de una caja sellada. Ya ha hecho café, y bebe quizás su segunda taza. Le hago un comentario de mierda, algo tipo: Marico, ¿no puedes dejar de moverte?, luego río. Le digo que un taxi pasará por nosotros. Decido bañarme.

Me doy una una ducha caliente de algunos minutos. Me pongo a remojar entre la humareda, pienso que cualquier inconveniente en el proceso será solventado, y que tendremos unas buenas funciones. Me preocupa el tamaño del espacio. Debemos llegar a ponernos manos a la obra.

9:00.am
El taxi tiene media hora de retraso. Estamos en el lobby del hotel. Nuestros bolsos descansan sobre los muebles del recibidor. Abilio y yo fumamos. Le comento que igual estamos a buen tiempo. La verdad no tengo expectativas de ningún tipo. Una extraña sensación de ansiedad tengo en la piel. Pero permanezco tranquilo. Son los nervios por estar en un espacio nuevo, en una ciudad nueva, con un público nuevo.

La obra ha tenido su recorrido, pero a lo sumo la habrán visto unos 400 espectadores en sus cuatro temporadas. Es un teatro pobre de público pobre. Según me dirán en Mérida es un teatro post-dramatico. Va más allá del drama y víncula el tiempo pasado, el tiempo presente y el tiempo futuro.

“Las Trenzas” abre canales hacía la infinitud del vacío. En su oscuridad, reposan nuestras angustias. Son cosas que he descubierto con esos 400 espectadores. Muchos han sido efusivos en sus palabras, muchos han generado gratitud. Otros tantos han buscado hacer sus propios análisis, y la forma cómo se identifican con lo que observan, escuchan y sienten.

Me pregunto: ¿Cómo tratará la obra al público de Mérida? ¿y cómo el público la recibirá?

¿Importará?

Para eso estamos aquí.

9:10am.
Los recepcionistas del hotel me informan que el taxi ha llegado. Entramos a buscar los bolsos y la maleta. En el camino al carro, me sorprende cruzarme con el taxista que pide unos minutos para ir al lobby a hablar con los recepcionistas.

Unos minutos después, finalmente metemos los bolsos y emprendemos camino al C.C.

9:23am.
Trabajarán con nosotros parte del staff: Moisés Angola será nuestro encargado de sala, un joven de 24 años, aspirante a actor, de buena energía y capacidad de respuesta. Lo convertiré en mi mano derecha durante todo el día. Luego como dato curioso me comentará que es primo de la periodista Carla Angola. Esas cosas del pañuelo llamado mundo.

Dayana, Dominick y Jocelyn, quienes tendrán asignaciones menores, son estudiantes de teatro, maquillarán de negro partes metálicas del andamio, y también algunos puntos del escenario consumidos por el calcio de las goteras. Ayudarán a mover el andamio, colocar luces, ocultar cableado. Finalmente laborarán en funciones como «suiches humanos», de ellos dependerá las luces que no se podrán conectar a consola, ni llevar directamente hasta una regleta en la cabina improvisada, pues hay escasez de extensiones y recursos.

Otra luz nos ha provocado un breve contratiempo. La única manera de encender el espacio de público de la sala es en la cabina del proyeccionista. El espacio está absolutamente insonorizado del ruido externo. No hay manera de comunicarse al exterior, solo una pequeña ventana sellada de vidrio de unos 30x50cm. Moisés ensaya el apagado y el prendido de las luces, una manera de comunicarnos puede ser por señas, darle una señal a distancia que él pueda replicar con quienes deben encender los suiches en cabina.

Finalmente se logra. Paubla, durante todo el día, cada hora, llegará a ofrecer café, será el momento favorito de Abilio y el mío.

Se subirán los linóleos, se probará el micrófono, se sujetarán luces con alambre. Se barrerá el escenario y el alfombrado de primera fila de público. Cualquier pedazo de alambre, chinche o miniatura metálica, puede ser peligroso para Abilio. Durante “Las Trenzas” va descalzo y arrastra por el escenario su humanidad entera casi desnudo. Hay que dejar el espacio seguro para el actor.

Finalmente Gabriel el técnico de la sala, y su hijo; un masticador temprano de chimó de apenas 17 años, son los últimos por conformar el equipo. Todos trabajamos de manera rápida y sistemática, enfocados en las funciones que le corresponden a cada quien.

Se me escapa por momentos que la primera presentación es a las 3:00pm, y posiblemente no tengamos tiempo de hacer un ensayo general. A duras penas podremos hacer un ensayo técnico. Necesito ser lo más claro posible y que quienes estén apoyando escuchen con atención e interés, es la única manera que la función salga bien.

Indudablemente estoy en una situación de presión, pero he sabido manejar el stress, y se nota en la forma como todos responden al trabajo.

O eso es lo que creo.

11:23am
Estamos moviendo cosas. Subiendo y bajando tablones. Abilio ha decido tomar riendas en el montaje asesorando a los chicos en el escenario con algunas cosas. Prueba el andamio, sube y baja. Es necesario que entienda cuál es su dinámica.

Imprevistamente, Juan Carlos Liendo hace aparición, nos encontramos en el camino, me aparta hacía un lado y me dice:

-Necesito hablar contigo unos minutos.

No entiendo qué pasa, así que caminamos el trayecto que va del escenario hasta la entrada de la sala, salimos. Descubro por primera vez la fachada de la entrada del cine, es cierto que anoche había estado cerca, pero no estaba bien iluminado. Ahora es de día, y yo he cambiado de perspectiva. Tiene vibra arquitectónica de los noventa.

-¿Qué pasó?
-Te tengo una noticia… que puede no te vaya a gustar.
-¿Qué ocurre?
-Botaron a Sara del hotel.
-¿Botaron a Sara del hotel? ¿Por qué?
-Bueno al parecer anoche en el restaurant del hotel, escribió algo.
-¿La botaron porque escribió algo?
-Me dicen que fue altanera.

Juan, nervioso, revisa su teléfono. Me muestra una foto que han tomado de la encuesta que los mesoneros nos habían hecho llenar anoche cuando nos íbamos felices y contentos a la cama, entonados por el guarapo de vodka, ron y ginebra que nos habíamos bebido.

Leo el gran chiste de la noche una vez más, desde la pantalla del teléfono de Juan Carlos:

¡Dejen de ser tan enchufados!

Y comento:

-Estábamos tomados. (Hago una pausa, tomo a Juan Carlos de los hombros, y…) ¡Esto es una pesadilla Juan Carlos! No sé qué pasa. Estábamos tomados. ¿Qué vamos a hacer? ¿Se puede meter de contrabando en la habitación?
-Pensé que eso es una posibilidad.
-¿Tienes algún otro sitio donde podamos ubicarla?
-Estoy haciendo llamadas.
-Ok. Mientras tanto, tengo que seguir en mi peo, y que ella resuelva el suyo.

En el camino de regreso al escenario me encuentro a Abilio, le explico la situación que se ha generado, “necesito terminar acá”, “llama a Sara y pregunta cómo está” “qué está haciendo” “si logró solucionar algo”.

La ansiedad me ha estallado, observo como mi cuerpo comienza a moverse de lado a lado, es una situación que he logrado evitar, me molesta cuando eso pasa, quiere decir que está ganando esa otra parte de mí que es irracional, pasional y para nada lógica.

Vuelvo al escenario, hay que trabajar.

12:26pm.
Gunther sube a la sala, me dice que Sara ha logrado solución habitacional, se queda en casa de la Tía Marina.

“La Tía”, es una tía política, una de las grandes amigas de la vida de Manuelita Zelwer, la madre de Sara. La hija de Marina, Manuela, lleva el nombre en honor a su amiga, y también actúa (o actuaba). Marina es bióloga y fue profesora de inmunología en la Universidad de los Andes, conoció a Ionesco en la época cuando hacía teatro, que fue la misma época en que Ionesco pisó Venezuela, su abuela fue actriz en Italia, interpretó a Clitemmestra, Ántigona y otras tantas divas del teatro clásico, bajo la dirección de Pirandello, nada más y nada menos, Marina también cose banderas en señal de protesta.

Sin saberlo, Sara había cambiado su situación y la de todos.

Gunther me hace entrega de unos tickets, con ellos podremos canjearlos por un almuerzo en un hotel aledaño que se ha asociado al festival. Todos iremos a comer ahí. Acuerdo con todos ir y vernos de nuevo a la 1:30pm en la sala. Voy corriendo con Abilio al restaurant. Trato de no pensar en lo de Sara. Aún no. Esperaré a que llegue al centro. Ya Abilio logró hablar con ella, me dice que está bien, que nos veremos a la 1:00pm en el teatro.

Perfecto.

1:00pm.
No sé que comí, pero no me gustó, agradecí poder meterme un trozo de comida a la boca, eso sí. Pero se notaba que era material de descarte, “comida para perros” como luego se lo hice saber a Abilio en la noche antes de irnos a dormir. La ironía del asunto es que ese día el gobernador iba a ir a comer al sucucho.

El sitio estaba repleto, mesas reservadas y poco a poco iba llegando más gente del festival. Nos sentaron en una mesa con una pareja bien particular que ya estaban terminando de comer, un italiano y su dama. El hombre respondía a todo lo que se le decía o preguntaba, pero nunca miraba a los ojos. Ella se hacía la simpática. Ambos estaban ahí porque les recomendaron que la comida era buena, y cuando les pregunté por el sabor me dijeron: ¡Muy buena!

Abilio y yo veíamos nuestro plato de arroz picado con gotas de soya y picadillo de carne (y grasa) y sonreíamos. Mientras sorbíamos el papelón con limón frío que servía para bajar el masacote de la garganta.

Al salir del sitio nos fuimos a la búsqueda de un buen postre. Unas bombas, que al parecer vendían en uno de los establecimientos cercanos a donde estábamos. A pesar de los cercano y lo sencillo nos costó dar con ello. Yo no comí.

Finalmente de regreso, nos encontramos con Sara. Ya le teníamos sobrenombre, “Nina Hagen” nuestra “Nina Hagen”.

-¡¿Qué pasó Nina Hagen?!

Fue una situación extraña. Pero estábamos bien. De alguna forma estábamos bien. Sara buscaba nuestro apoyo. Se lo dimos. Quizás había un malestar. El viaje había sido difícil, nuestros días eran raros. Esta situación solo le agregaba más extrañeza a lo que ya de por sí era extraño. Dije algo como: “Cuando me mostraste el papel esa noche, me reí, pero realmente no me gustó”. Realmente no estuve de acuerdo. Pero no lo dije en su momento. Era una noche de tragos y estábamos contentos.

Mis razones para no estar de acuerdo tienen que ver con lo que pienso, con cierta filosofía de vida, con las cosas en las que creo, o con las cosas que me hacen ser lo que soy. Ahora lo puedo pensar con calma, incluso ese mismo día al finalizar la labor le volví a comentar: Estoy contigo. Me gusta que hayas dicho lo que piensas. Respeto eso. Y si realmente son enchufados, se merecen que alguien se lo diga a la cara.

Pienso que estábamos en sitio desconocido, con gente desconocida, en un país desconocido. Sí, un país. La gente ya no es la misma, su forma de relacionarse ya no es la misma. El venezolano no es el mismo. Toda esta situación país solo ha permeado la personalidad del venezolano, la ha viciado, la ha llenado de más desconfianza. Siempre al ataque, siempre a la defensiva.

Un halago se ve como una “jaladera de bola” un comentario amable como una “webonada”. La falta de crítica ha roto la dureza, el temple. Todos son víctimas (y victimarios). El menosprecio hacía el otro, de alguna forma se equipara con el menosprecio hacía uno mismo. Estaba molesto porque la situación había roto un círculo de seguridad. Pero eso es una ilusión. Lo que somos, la forma como trabajamos en conjunto, nuestros deseos más personales, nos llevan a seguir adelante. Estamos los tres en esto.

1:35pm
Sara se apartó del grupo unos minutos. Creo que todos lo hicimos. Yo creo que rompí una puerta de un baño con un duro golpe que di al subir a la sala. Creo que nadie escuchó. Creo. Fue el único momento en que sentí que perdí la compostura. No había nadie presente, no creo que alguien haya escuchado, y realmente si lo hicieron, lo dejaron pasar ignorándolo. Fue una descarga de energía. Y lamentablemente no tuve tiempo de meditar. Estaba pesado, la comida me había caído pesada, el día estaba pesado. Pero había que trabajar.

Todos habían llegado. Hicimos una corrida técnica. Abilio pidió pasar unas cuantas escenas completas para entrar en calor y batallar contra la memoria, si bien llevamos dos años rodando con la obra, Abilio siempre comenta sobre textos que se le van, y lo difícil que resulta hacer las conexiones en su cerebro para memorizar cierto extractos. Lo comprendo, es un texto raro. Un collage de palabras.

Tantas cosas a la vez, un “poemario” como llegó a decirme Sara luego de la primera función.

Yo iba explicando a los muchachos lo que debían hacer. Pasamos escena por escena. El tiempo se nos venía encima. Abilio aún no se empezaba a maquillar, y tampoco se había pasado la máquina para cortar el cabello. Debe usarlo al ras. La preparación de Abilio es un proceso que suele durar alrededor de una hora. No iba a dar tiempo de empezar a las 3pm. Temprano con Moisés se habló de la posibilidad de rodar el ingreso a sala a las 3:30pm. No hubo problema. Él único percance que suscitó el cambio de horario, fue en la segunda función, una agrupación de Guanare que iba entrar a verla se tuvo que devolver, al salir tan tarde se iban a ver en un percance en el retorno a sus sitios de hospedaje y prefirieron evitarse la mala pasada.

2:30pm
Se nos unió Elisa al equipo. Elisa es estudiante de teatro. Sara le da clases en el TET. Yo le doy clases en la Escuela de Artes. Elisa está en primer semestre, viene de Caracas, pero su padre vive en Mérida. Ha venido a pasar las fiestas de diciembre a la ciudad, y se ha ofrecido a echarnos una mano en el festival.

Para nuestra fortuna, Elisa estuvo acompañándonos hasta el último día. Junto a Sara ayudó a preparar a Abilio para sus funciones, y se convirtió fundamentalmente en un apoyo para Sara.

3:30 / 5:30pm
Todo listo. Suena la normativa. La música inicia la acción. Hay público. Es una sala para 410 personas. Debemos tener alrededor de 50 espectadores desplegados por el escenario. Alumnos, participantes del festival, staff, público en general.

Foto William Fuentes @vidrioahumado para el «Festival de teatro para Mérida».

No se logra la oscuridad absoluta. Aunque aforamos el espacio lo máximo que se pudo, entra la luz del exterior por la rendija de la “Salida de Emergencia” y sus rayos bañan un tramo del escenario. Aún así, hay misterio.

El demonio sale de la bolsa, hace su aparición. Ahí está el diablo, entre el nerviosismo de Abilio, y una voluntad en ebullición que lo convierte en ese ser único que es.

El día anterior había hablado sobre la posibilidad de tener una máquina de humo, es un requerimiento de la obra, aunque el festival había dejado claro la escasez de recursos y la disposición de adaptarse al espacio y sus condiciones, no quería dejar pasar la posibilidad de pedir algo que me parece le hace ganar fuerza a la propuesta, su efectismo tiene una condición temática y estética. Es una cosa de defender con pequeñas acciones el trabajo de todos, en todo momento.

Finalmente la máquina no llegó para dar inicio a la función, pero se había dicho que estaban buscándola. No sé cuanto tiempo de obra habrá pasado, pero inesperadamente un hombre y su hijo hicieron acto de presencia con una máquina de humo.

El hombre sentó al niño en el lateral de la primera fila, mientras intentaba conectar la máquina a una de las tomas del escenario (toma que va dirigida a un cajón de dimmer que no es de luz directa) el hombre conectaba y desconectaba una máquina de humo que jamás iba a encender y que no llegó cuando debía.

Foto William Fuentes @vidrioahumado para el «Festival de teatro para Mérida».

Yo no podía hacer nada, estaba condenado en la cabina improvisada manejando iluminación y sonido a la vez. Vi a Moisés bajar a la distancia al encuentro con el hombre. Luego de un breve palabreo y del fracaso eléctrico, aquel hombre desapareció por donde vino, no lo vimos más a él, ni a su utilitaria, pero inútil máquina de humo. Las dos funciones se hicieron sin el humo. Y la obra igual funcionó.

Hubo un problema con las cornetas que no estaba previsto, o que al menos no se dejó ver en el montaje. Cuando el sistema de sonido saturaba, este se apagaba. Lo descubrimos en el momento en que Abilio baja al público en una especie de rutina de “stand up”, o al menos así le llamamos, pues no tiene nada de cómico lo que dice, pero nos valemos del sistema del “stand up” pare realizarla. Un micrófono, y el comediante frente a su público. Incomodando.

Foto William Fuentes @vidrioahumado para el «Festival de teatro para Mérida».

Abilio canta, susurra y grita por ese micrófono. Las cornetas se apagaron. Adiós micrófono. Adiós cornetas. Lo intentamos unas tres veces más, y las cornetas saturaban y el sistema se caía. Abilio finalmente apartó el micrófono y comenzó a cruzar las butacas de la platea parado sobre ellas culminando su rutina. El público pensaba que todo lo que decía era improvisado, solo porque no existía el micrófono. Una vez más, el micrófono en la obra es un efecto temático y estético. Pero la obra funcionó sin él, generando la misma respuesta, desde otro ángulo. El problema lo solventaríamos en la segunda función.

Foto William Fuentes @vidrioahumado para el «Festival de teatro para Mérida».

Termina la función. Subo al escenario, saludamos, doy unas palabras, agradezco a todos los asistentes, al festival, etcetera… bajo, un grupo de estudiantes se me acerca a felicitarme, todos me hablan entusiasmados de teatro post-dramatico, tienen un profesor que al parecer adoran, que les da ese contenido en una materia de la carrera. Freddy Torres se llama.

No lo conozco, hay mucho que no sé de la historia del teatro en este país… Poco se escribe sobre la historia del teatro en este país, y los que escribían se han ido muriendo… No leo mucho teatro tampoco. Soy más cinefilo. He leído más libros sobre cine que sobre teatro. He visto más películas que obras de teatro. Pero he leído mas obras de teatro que guiones de cine.

Moisés ya me había hablado de otro director, no recuerdo su nombre, un merideño con nombre italiano… Giovanni… Giusseppe… No recuerdo.

Subo a camerino, felicito a Abilio, le doy acotaciones, “energía” “fluidez”, “ritmo” “esta cosa”, “esta otra”, “este detalle”, “este otro”. Fue un buen ensayo general. Había que verlo como un ensayo general, era la única manera, hicimos esta función a ciegas.

Y la sala. Abilio y yo luego hablamos de la resistencia de la sala. Creemos que los espacios guardan su propio registro energético. Hay espacios mas dóciles que otros. Nuestra sala de cine se resistía a cambiar su condición. Su grandeza, su altura, sus distancias, su decrepitud.

La segunda función fue perfecta, porque la sala se adaptó a nosotros y nosotros a ella. Donde en la primera función la sala nos quedaba grande. En la segunda se llenó cada vacío. Se recorrió cada espacio.

Si la obra, dicen, es un exorcismo. Lo que hicimos en la segunda función puede verse como un exorcismo en toda regla.

6:15/7:45pm
Listos para iniciar la segunda función. Yo creo estar en un estado automático. Abilio mueve su mano desde la bolsa negra de tela. El público entra a la sala. Se repite la acción. Normativa.

Foto Consuelo Vargas @consuelo_vargas_rodriguez. Desde el público.

El demonio sale de la bolsa, pero esta vez, hay más seguridad, confianza y energía, se nota en su mirada, en su postura, en su temple. Abilio cuando actúa entrega cada parte de su ser. Lo hace desde siempre. Cada vez que he visto a Abilio en un escenario, lo noto desencajado, a veces lo que él hace está por encima del proyecto en sí mismo, es esa clase de actor que nunca está cómodo donde está, y aún así es sincero, honesto y humilde al entregarse al juego.

Foto Consuelo Vargas @consuelo_vargas_rodriguez. Desde el público.

Escena tras escena la comedia transcurre. Si hay que reír el público ríe. Si hay que llorar el público llora. Si hay que quedar hipnotizado el público se conecta. No se escuchan carraspeos, gemidos, chirridos de butacas, hay silencio. Por primera vez siento que los siete minutos y algo de oscuridad que preceden al final, son la escena más corta de la obra. Por primera vez esos siete minutos tienen el valor y el sentido que quería de ellos. Hay algún susurro a la distancia. Abilio hace lo mejor que sabe hacer, actúa.

Foto Consuelo Vargas @consuelo_vargas_rodriguez. Desde el público.

Y los aplausos que acompañan el final de su presentación engrandecen su arte.

Se me acerca un hombre, me habla de Artaud, me habla de teatro post-dramatico, me habla de otras cosas, de ditirambo. Está con una morena, mayor, pero se ve más joven. Se presenta, se llama Freddy Torres. El profesor del que hablaban los estudiantes más temprano. Freddy se muestra entusiasmado con la obra, y agradece la presentación. Nos despedimos efusivamente. Personas vienen y van. Comentarios al aire.

Abilio tiene que bañarse, debo ir recogiendo las cosas. Los chicos del staff ya han empezado con el desmontaje. Entre ellos hablan de cosas, cualesquiera. Se me acerca Paubla, su tesis es sobre teatro post-dramatico.

8:21pm
Nos vamos. Estamos felices. Nos despedimos de todos. Agradecemos. Fue una jornada dura, pero tuvo sus gratos resultados y buenas recompensas. Nos llevan en un taxi, hay que dejar las cosas en el hotel, luego hemos cuadrado iremos a comer algo y finalmente a dormir.

Al día siguiente le toca jornada a la “Kassandra” de Sergio Blanco, por supuesto será un día mucho más relajado. La propuesta de Kassandra es una propuesta hiperrealista, Kassandra se vale del espacio al que llega, sea como sea, esté como esté.

8:45/10:30pm
El taxista nos ha recomendado una pizzeria, la “Cuatro Quesos”, queda a media cuadra de la Plaza de Milla. Hacemos caso, pedimos una pizza “Especial” para todos. Esperamos, conversamos, comentamos los días que hemos vivido, las experiencias que nos han tocado.

Sara habla con brillo en los ojos de su “tía” Marina, de “La Nonna” actriz. La que hizo vida en San Bernardino, vestía de cachemir en las camionetas por puesto caraqueñas, y murió en un ancianato semanas después de haberle presentado a sus nietos una actuación espectacular de una niña, una reina y una bruja.

El lugar, la pizzeria, es especialmente agradable. Colorido. Cuando traen la pizza no puedo dejar de comentar lo buena que se ve. Parece una pizza de publicidad, cuando la alzas con la espatula, el queso se desborda en finas líneas derretidas sobre la tabla.

La especial trae de todo: alcachofa, salchicha, ¡pollo!… Está divina… es una de las mejores pizzas que he comido. Me han servido una vaso de nestea limón frío y concentrado.

Abilio Torres, Sara Valero Zelwer y Daniel Dannery en la pizzería «Cuatro Quesos». Mérida.

Cuando terminamos, fumamos un cigarro fuera. Un grupo de chikilukis merideños en sus motocicletas “pavísimas” de chicos malos malísimos, aceleran y demuestran la capacidad motora de sus tubos resonadores. La luz se va. “Darkness my old friend” comento entre risas a los muchachos. Hemos llamado al taxista “Ciro”, y estamos esperando por él.

“Ciro” es un buen hombre, es de Cumaná y tiene 25 años en Mérida, no la cambia por nada. Antes de llevarnos a nuestras casas, nos ha hecho un paseo obligatorio por la Av. Ámericas, que tiene algunos accesos cerrados. En este momento se celebra una de las tradiciones más icónicas de la capital: Las carruchas.

Gente de todo tipo lanzándose por carruchas a lo largo de la inclinada avenida. Celebro el descubrimiento y comento que una ciudad donde la gente se lanza en carrucha, es una ciudad donde vale la pena vivir. Pero como el venezolano es competitivo, egoísta y superficial, la tradición ha cobrado sus víctimas, mucha gente se ha matado, otras tantas aprovechan la ocasión para meterse pases, caerse a caña y lucir el nuevo sistema de sonido verde fluorescente instalado en la maleta del carro, obvio en algún momento las cosas pueden salirse de control.

Dejamos a Sara en su nuevo hogar. Nos despedimos, agradecemos el trabajo realizado. De camino al hotel le pregunto a Abilio si quiere lanzarse en carrucha. No da respuesta afirmativa. Yo estoy agotado.

Llegamos al hotel, nos bañamos. Abilio toma café. “La partimos” le comento. Nos reímos. Pasan Batman por televisión, la de Tim Burton. Hablamos de Jack Nicholson, a ambos nos gusta Nicholson, es un actor, según Abilio, de un registro genuino. Comparto su idea.

Nicholson comenzó en la industria de la mano de Roger Corman. Corman, uno de esos tipos capaz de escribir un libro como “¿Cómo hice 100 películas y no perdí un dólar?” En muchas de esas películas Nicholson aparece como asistente, guionista, director y por supuesto, actor.

Qué buena es la “Batman” de Burton, además es un espectáculo diseñado a la orden del personaje del Guasón.

En la medida que la película transcurre, Abilio se va quedando dormido, realmente cae instantáneo. Lo veo y agradezco tenerlo a mi lado.

Mañana nos levantaremos más tarde. Las 8:30am es buen horario, ya se ha cuadrado un taxi que pasará por nosotros, debemos estar en el lugar donde “Kassandra” se presentará a las 10:00am. Sara debe llegar al mediodía. La primera función es igual a las 3:00pm. Está todo cuadrado.

Son alrededor de las 11:48pm.

Apago las luces de la habitación. Apago el televisor, me sumerjo bajo el edredón, y sin pensarlo voy despidiéndome del día, hasta no saber ya nada mi.

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PUEDES LEER LA SEGUNDA PARTE DE ESTAS CRÓNICAS AQUÍ / Perdedores hermosos II.

#Crónica: Perdedores hermosos (II/IV)

 

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