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La Granada: Seguir el juego de una revolución o sucumbir con ella

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“No se puede pensar en uno mismo cuando se está en revolución”. Una frase tan hábil como absurda para esculpir un déjà vu entre el “ahora” y La granada, una obra en la que la lógica de las masas manipuladas y acomodadas a un pensamiento «revolucionario» suple sin mucho ruido los códigos éticos que construyeron a dicha sociedad en un principio.

La pieza dirigida por la actriz venezolana Angélica Arteaga y versionada en esta ocasión por Carlos Armas forma parte de una de las dos únicas obras escritas por el periodista argentino Rodolfo Walsh en 1965, quien a raíz de sus vivencias en la Cuba de Fidel Castro y sus experiencias con el peronismo de Juan Domingo Perón en Argentina materializa una circunstancia extravagante, más no improbable, reflejo del militarismo que sobrecogía a Latinoamérica en la década de los 60.

La Granada se desarrolla en un puesto de control ubicado en alguna carretera de Venezuela a donde llegan unos artilugios de guerra inéditos, de paquete, supuestamente de origen suizo; su destino es ser probados durante una jornada de maniobras militares en el campo. En la práctica un joven miliciano activa una de las granadas por accidente y su dedo se convierte en la única extremidad certera entre su existencia y una muerte extravagante y cochambrosa.

Atormentado por la detonación fulminante que le haría perecer a él y a todo lo que le rodea a varios kilómetros de distancia, el uniformado se aferra a sus recuerdos y fantasmas para revalidarse en sus creencias; mientras tanto, en busca de una solución lógica al desatino, sus superiores evidencian la esencia más absurda de la maquinaria burocrática militar cuando concluyen que el miliciano es en realidad un traidor conspirador del imperio y la guerra económica, aquella guerra que con tanto esmero se han preparado para afrontar y que siguen esperando atrincherados en sus cuarteles.

La previsión del futuro inmediato está sujeta a una sátira tan absurda como realista en su  incoherencia, en donde unos pocos se benefician de las ansias de pertenecer de muchos. Basándose en el texto de Walsh, Carlos Armas creó una obra política que se pasea por la farsa, la comedia y el drama de espíritu antimilitarista, inspirada en la realidad actual venezolana. Esta guerra ficticia de acento llanero vincula un discurso con las tensiones políticas desde un escenario que se amolda a la realidad sin presiones.

El delirio crece de forma gradual a lo largo de la historia. El miliciano interpretado con vehemencia y credulidad necesaria por Luis Ernesto Rodríguez se aferra con un dedo a su vida mientras es acusado de traicionar a la patria y conspirar con el imperio. El Capitán, encarnado con el fervor y la devoción del creyente por el actor Wadih Hadaya, es un personaje que con una labia admirable amolda el conflicto a sus necesidades. Convencido de que la amenaza de la granada no es más que un truco desestabilizador, un complot para perjudicar el orden del batallón, una estrategia diseñada por la inteligencia enemiga, se lleva a juicio al miliciano quien por agravantes mayores contra el sistema es tildado de espía y contrarrevolucionario ante un jurado.

La estrategia para salvaguardar al miliciano del fusilamiento consiste en demostrar que el defendido es obtuso por naturaleza, que la catástrofe a explotar es un simple producto de su torpeza e inexperiencia. Si gana con la revolución o sucumbe ante ella, es algo que el público averiguará en las tablas.

El elenco de esta obra se entrega a la parodia a la perfección, Rafael Carrillo, Daniel Rodríguez, Wadih Hadaya, Angie Prieto, Luis Ernesto Rodríguez, María Laura Clavo, Roberto Canela y Madeylen Baute, cada uno en su complejidad aporta aunque sea cinco minutos necesarios para convertir a La Granada en una estampa inteligente y necesaria para cerrar este convulsionado 2016.

Aunque la obra fue escrita hace más de medio siglo como crítica al conflicto en las relaciones de poder dentro del marco latinoamericano, las tensiones y estrategias de militarización de los gobiernos en los países subdesarrollados marcan la escena dramática de una tragedia que muta en otros rostros y voces con los años.

La Granada está integrada por Rafael Carrillo, Daniel Rodríguez, Wadih Hadaya, Angie Prieto y Luis Ernesto Rodríguez; junto a ellos actúan María Laura Clavo, Roberto Canela y Madeylen Baute, todos del taller del Grupo Actoral 80.  En la dirección figura Angélica Arteaga acompañada de María José Castro en la asistencia de dirección y, en la iluminación, José Jiménez.

Este viernes 18 de noviembre el grupo actoral 80 estrena La Granada en la sala La Viga del Centro Cultural Chacao. Viernes a las 5:00 pm, y los sábados y domingos a las 4:00 pm.










  • La Granada: una comedia explosiva

4.5









Resumen

La previsión del futuro inmediato está sujeta a una sátira tan absurda como realista en su incoherencia, en donde unos pocos se benefician de las ansias de pertenecer de muchos. Basándose en el texto de Walsh, Carlos Armas creó una obra política que se pasea por la farsa, la comedia y el drama de espíritu antimilitarista, inspirada en la realidad actual venezolana. Esta guerra ficticia de acento llanero vincula un discurso con las tensiones políticas desde un escenario que se amolda a la realidad sin presiones.

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  1. […] Angie Prieto, Luis Ernesto Rodríguez, María Laura Clavo, Roberto Canela y Madeylen Baute, cada uno en su complejidad aporta aunque sea cinco minutos necesarios para convertir a La Granada …y necesaria para cerrar este convulsionado […]

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