Venezuela

#Opinión «Hay que tirar las vacas por el barranco»

“Para situar de nuevo en el centro al sujeto (el ser humano que se aflige y que lucha y padece) hemos de profundizar en un historial clínico hasta hacerlo narración o cuento; sólo así tendremos un “quién” además de un “qué”, un individuo real…”   
Oliver Sacks

Con un texto basado en Las voces del laberinto del escritor Ruiz Garzón, la producción de Asociación Cultural La Máquina y La caja de Fósforos (Caracas, Venezuela) trajo al Teatro Español la obra Hay que tirar las vacas por el barranco. La pieza dirigida por Orlando  Arocha, pone voz, cuerpo y testimonio a casos reales de esquizofrenia. Una manera de abordar esta enfermedad y superar los prejuicios que aún tenemos sobre los que padecen este tipo de trastornos. 

El montaje es un escenario desnudo. Allí tres pacientes con esquizofrenia y dos familiares de personas con el trastorno exponen sus testimonios. Los cinco relatos  permiten entrever los momentos iniciales de la enfermedad, su desesperante empeoramiento y sus posibles desenlaces.  

Relatos sobre una misma enfermedad que tiene consecuencias y procesos diferentes entre sí. Una madre y su hijo enfermo; la esposa de un hombre esquizofrénico, una chica mentalmente vulnerable, un joven acosado por voces en su cabeza y un hombre que ha encontrado la manera de sobrellevar el trastorno.   

A los terribles síntomas hay que sumarle la incomprensión con la que deben lidiar los enfermos y sus familiares.

Identidad en situaciones de terror, o el terror de una identidad que no puede orientarse…

Probablemente hay asuntos sobre nuestra humanidad que pasarían desapercibidos sin este tipo de trastornos.  Al finalizar la obra recuerdas que entre todos compartimos un mundo humano, que nos permite comunicarnos más allá de todas nuestras diferencias. 

He puesto esto en valor gracias a testimonios de personas sin acceso a este mundo compartido, como si de habitantes de lugares aislados e inconcebibles se tratase. 

Mi simpatía con todos los que vienen de esos lugares de dolor tan solitario, sitios de miedo sobre los que no sabríamos nada sin su testimonio. 

Los que tuvieron que habitar una fábula terrible y  sus familiares merecen que desmontemos los prejuicios en torno a esta enfermedad. Que se haga lo posible por facilitar su mejora y entrada a un mundo en el que la comprensión es posible.

No es el mero curso de una enfermedad lo que debe estudiarse, sino el de una persona que está enferma y lucha por sobrellevar su trastorno.

Más allá de lo terrible,  emociona el momento en el que la ciencia parece incapaz de pronunciarse porque tropieza con un misterio tremendo. En estos casos el estudio parece inseparable de lo que el paciente debe contar.

En el fondo es una manera de entender que el relato que una persona hace de sí misma, su propia identidad, está inseparablemente ligada a la enfermedad. Prestar atención a lo que el paciente ha vivido y dice es necesario para comprender su patología. 

El esfuerzo por transmitir esto en teatro es conmovedor y más si se tiene en cuenta la comprometida interpretación de su elenco, formado por Gretel Stuyck, Haydee Faverola, Diana Volpe, Ricardo Nortier y Rafa Cruz. Un  trabajo actoral que prescinde de todo artificio y crea una intimidad que te atrapa durante cada segundo de la historia.

A propósito de una una compañía teatral venezolana

Me cuesta evitar la tentación de hacer metáforas de una nación enferma,  cuya “patología” (entendida como la fría descripción del evento físico que supone un trastorno en sus inicios, clímax y desenlace) hace padecer a millones de vidas un mundo que también parece la narrativa de una fábula terrible, un cuento alucinado al que deberíamos poner un “quién” además del “qué”, para recordar que hablamos de individuos reales y de eventos que aún no alcanzamos a comprender.

También en este caso cabe preguntarse qué ha sido lo que alteró la posibilidad de comunicación, produjo aislamiento e impide a una nación formar parte de un espacio común. Cómo es la herida en el lenguaje de los que estamos tratando de encontrarnos con el otro en un mundo de lo humano. 

“No hay espectáculo más hermoso para un hombre sin anteojeras que el de una inteligencia enfrentada a una realidad que le supera”.
Albert Camus

Hay que ser obstinado para insistir en crear y hacer de ello la verdadera rebelión. Persistir en el teatro, en palabras del propio Orlando Arocha, como una cuestión vital.  Sin la resignación que podría provocar el constante ultraje. 

Aún hoy se estrenan obras en contextos desprovistos de sentido. En uno de los testimonios de la obra una vaca simboliza el único recurso y medio de sustento de una familia.  Aplaudo la respuesta apasionada de las compañías venezolanas, como La Caja de Fósforos, a las que, en repetidas ocasiones, algunos grupos de poder les han tirado las vacas por el barranco. 

 

Fotografías Lisbeth Salas
Publicada el 16 de julio de 2019
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