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El lugar del teatro

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Eloy:  (…) Qué va a pasar? ¿Una revolución?
Gabriel: La revolución. Y ya está pasando, Eloy, está pasando. ¿No la ves? ¿No la sientes? Muévete o te va a triturar, te va a pisar, vas a quedar como colilla de cigarro besando el suelo.

(Isaac Chocrón. La revolución)

Le Charme Discret de la Bourgeoisie. 1972. Luis Buñuel.

Escribe Harvey Spencer Lewis, maestro rosacruz, que la vida está regida por ciclos. Que, además, tenemos la posibilidad de controlarla a través de ellos, organizando y planificando de acuerdo a las variables, casi místicas, que mueven nuestras energías vitales.

No hay que ser muy letrado para entender que la historia de la humanidad está repleta de coincidencias. Podrían ser políticas, sociales o económicas, podrían ser más que humanas. Unos los llaman caos, otros orden, y es inexorable.

Lewis lo llama «ciclos».

El acto de reflexión sobre nuestro paso por la historia no es solo una dependencia de los letrados, como lo apunta Edward W. Said, en Representaciones del Intelectual, si no que también debe ser capaz de ilustrar a través de la experiencia con lo social, promoviendo un ejercicio de retroalimentación con la audiencia.

La observación como ejercicio de reconocimiento de patrones, debería darnos cuenta sobre estas circunstancias. El teatro cumple con ello. La asociación de variables, además, permite identificar la dualidad existente en cada acto social en el que el ser humano participa: Audiencia e ilustración. Mensaje y receptor. Política y sociedad.

Desde el nacimiento de la tragedia como género imperante en la cultura de la sociedad griega, el teatro se registra como herramienta comunicativa ligada al pensamiento político y religioso. El ritual como acto de comunión se celebra de esta manera en las fiestas organizadas a Dionisio, remarcando su carácter místico en la posterior transformación desde lo dramatúrgico, para la exposición de un sentido moral del espectador frente a los dioses.

Luego del ocaso de la tragedia, la revolución teatral de la modernidad rescata la transfiguración de un arte que sigue cambiando con la historia desde sus estructuras, pero manteniendo el carácter evolutivo de la razón y su maleabilidad temática.

La sincronización entre pasado y presente cobra un carácter mágico, como bien lo apunta Lezama Lima -y que no escapa de lo meramente teatral-:

La historia de la sensibilidad y de la cultura es una mágica continuación y no un seguimiento. En un desarrollo causal y cronológico, la historia se vuelve monótona y empobrecida cuando en realidad hay una sincronización, una simultaneidad.

Esta simultaneidad, que bien podría ser estructural, temática o comunicativa, convive con la base religiosa y festiva que enmarca al teatro en su paso por la historia. Por ende, no debería sorprender que fiesta/ritual sea emparentado constantemente frente a la llamada “audiencia”, que se debate entre lo ético y lo inmoral, esperando del teatro entretenimiento o emotividad. Eterna lucha de dualidades que definen, una vez más, el llamado a la razón.

Harold Pinter, en su discurso de agradecimiento al recibir el Premio Nobel (2005), se decía que una cosa puede ser verdadera y falsa -al mismo tiempo-, en el acto dramatúrgico. Pero la idea de ciudadano debe ser desligada de ello, pues como individuo, la facultad moral lleva siempre a preguntarnos qué está bien y qué está mal.

¿Qué es verdad? y ¿qué es mentira? Son las preguntas, según Pinter, a las que un ciudadano debe hacer frente antes de condenar algo, bueno o malo. La verdad condicionada a la moralidad frente a este discurso, remarca no sólo la consternación de un personaje, si no, del hombre que las escribe. Un hombre se hace la pregunta, y un personaje puede tener la respuesta, pero no así el hombre que en principio la formuló. Es la diferencia entre realidad y ficción.

Más allá del bien y del mal, el intelectual observa al mundo como un teatro, mientras el teatro observa al intelectual, dibujando un reflejo que se sabe vívido. El teatro se aprovecha de esta contrariedad del arte dramático y lo hace disponer de una verdad ajena a los conceptos de “sociedad”, que se enmarca en el destello de lo natural, o lo también llamado orgánico.

Aunque todo arte es proclive a ser manipulado, la verdad del evento teatral puede ser capaz de dejar caer la verdadera máscara; la intención de la que nace, ante la necedad de los hombres.

Lo señala Saids al hablar del intelectual narciso. Lo apunta Nietzsche al contrariar al hombre a través de su propia voluntad. Lo desgarra Beckett al hablar de la historia de los ladrones en Esperando a Godot. Lo vaticina el destino de Edipo Rey.

La dualidad como siempre, a veces más cercana a la tragedia, otras más a la comedia.

El Festival de Teatro de Caracas, en su anunciada sexta edición, dibuja una comedia en medio de una tragedia, y los cómicos, asumen las posturas que su contexto les habilita.

El slogan participa de una carencia idiomática, que funciona de espejo para sus artífices. “Vernos el sur”, de esta manera se proclama como un acto de colérico narcisismo, que debería abrir debate sobre sus intenciones panfletarias.

Caracas –como el país- se cae a pedazos, y hay quienes viendo el monstruo venir se apresuran con la emoción. Nos ha pasado siempre. De esa forma un hombre como Chávez llegó al poder en el año 98.

Casi dos décadas han transcurrido y un ciclo se cierne. Lewis ha dilucidado ésta apariencia para enseñarnos a observar que nuestras acciones no se desligan del pensamiento, y que se puede tener control de ellas –al mismo tiempo-.

Si un día una agrupación decide participar de la fiesta o el ritual, en medio de la hecatombe, y no logra distanciar la realidad de la ficción, el final debería ilustrar la verdad. Y la audiencia ser capaz de preguntarse: ¿Está bien? ¿está mal?

En esa verdad puede que resida el lugar del teatro, el lugar en el que el teatro decida estar.

Transfigurarse a través del pensamiento y su reconocimiento con el contexto, cualidad de la energía interna que moviliza el evento teatral en sí mismo, para interpretarse, devorarse y generar un discurso que vaya más allá de los festivo y cobre valor en lo social.

Quiero decir: ¿El que participe del evento trágico con la comedia, generará tragedia a través de la risa, o reirá únicamente para tapar la tragedia?

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