Destacados El actor como creador: Debatiendo a Delacroix

El actor como creador: Debatiendo a Delacroix

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“Comprendí que el teatro podía ser una rama del dibujo”

Willian Kentridge

 

El artista tiene la inevitable tendencia de exaltar su oficio y elevarlo rotundamente de otras propuestas. Las comparaciones entre los diversos géneros artísticos son perpetuadas por muchos creadores que no conciben la integración como una vía que puede expandir sus posibilidades. Leonardo Da Vinci, quien glorificó la pintura por encima de la escultura, la poesía y la música en numerosas oportunidades, es tan sólo uno de los tantos escudos que levantan los tradicionalistas para defender este tipo de posturas.

Al igual que Da Vinci, Eugene Delacroix se tomó la tarea de diferenciar la pintura de otro género que disfrutaba pero que creía ligeramente inferior: el teatral. Estaba convencido de que era imposible establecer similitud alguna entre la ejecución del actor y la del pintor. Pensaba que el actor experimentaba un período de inspiración inicial con el que se aceraba al personaje, pero que se volvía más frío con cada representación, como si la repetición del intérprete acabara por distanciarlo de su pasión preliminar.

En cambio, afirmaba que el pintor podía comenzar su obra a partir de una idea original que se enriquece durante el proceso de ejecución porque el artista comienza a improvisar en la medida en que el dibujo va tomando forma ante sus ojos, como una hermosa ventana paralela que se abre junto a la puerta menos atractiva que visualizaba en primera instancia.

Si bien esta comparación arrojó una gran diferencia entre ambos, el pintor francés parecía ignorar que el actor también es capaz de improvisar durante el proceso de repetición y que sus acciones en escenas derivan de una pulsión del pensamiento: el objetivo del personaje.

En el libro El arte de Actuar, el director teatral Alberto Castañeda afirma que aunque la representación se repita continuamente el intérprete siempre está vivo porque su principal motor en la actividad psíquica del personaje.

De aquí proviene la acertada creencia de que un buen actor siempre debe estar conectado con el imaginario de su personaje –las motivaciones del mismo, sus objetivos en cada escena, sus deseos ocultos-.

El proceso mental del personaje le mantiene dinámico aunque no haya movilidad física aparente dentro de la escena, por eso la repetición del actor no puede simplemente calificarse de fría, ya que nunca deja de estar ocurriendo algo dentro del contexto psicológico del personaje.

Delacroix también afirmaba que el pintor es mucho más dueño de su obra que cualquier otro artista, pues él es el único capaz de decidir cuándo está completamente finalizada su obra y nadie, salvo él mismo si lo desea, puede modificarla o añadirle una variación distinta. Ciertamente, con el actor ocurre un proceso muy diferente porque la pieza no le pertenece inicialmente, pero eso no significa que no acabe apropiándose de ella totalmente.

Diversos dramaturgos y directores, como Simon McBurney, Yukio Ninagawa o Trevor Nunn aseguran que la pieza teatral está, en última instancia, en manos de los que la representan porque la obra sólo puede cobrar vida a través de la interpretación del actor, todo lo demás, incluyendo al texto o al director, son únicamente guías que conducen al verdadero objetivo de la obra: ser representada. De alguna manera, el intérprete vendría convirtiéndose en esa suerte de “elemento improvisador” que Delacroix describe como necesario en la pintura. Sin el actor la obra está inconclusa, por lo tanto, él es tan dueño de la pieza como el pintor lo es de su cuadro.

“El talento del actor tiene de malo que es imposible, tras de su muerte, establecer ninguna comparación con los rivales que le disputaban los aplausos cuando vivía”.

Para el francés un cuadro puede permanecer con el tiempo y únicamente basta con mirarlo para emitir un juicio respecto a su autor, a diferencia de la interpretación del actor que no deja un registro palpable además de la opinión de los espectadores, la cual no puede confirmarse de ninguna manera después de culminada la representación. Pero místicamente, el actor deja una huella en el instante en que se conecta con el cuerpo que le sirve de herramienta para alcanzar su último fin.

La directora Carol Müller dedica todo un capítulo de su libro El Training del actor a tratar la importancia del instante como término teatral:

“El actor encarna el instante en su imprevisible movimiento. No está fuera del tiempo, él es el tiempo. Esa musicalidad perfecta entre cuero e instante es el movimiento del pensamiento encarnado. El actor está en el mismo cuerpo cuando la palabra, el sentido, la frase son librados al instante, en el movimiento del pensamiento que no los anticipa, ni los clausura. Todo el mundo habla y no hay nada más plano que e lenguaje. El actor vacía su cuero de o plano, la palabra, abandona los códigos, los humores. Eja que venga el instante, la cadena del lenguaje se pone en movimiento, precisa e imprevisible. Cuando el cuerpo del actor y del bailarín son el instante de su lenguaje, ene l lugar exacto del espacio que e trabajo ha elegido, esos cuerpos son idénticos, son el sentido de un vehículo que no se narra, un sentido que se alcanza al final de la representación”.

He aquí la viva prueba de que la diferenciación que establece Delacroix no puede ser considerada en términos tan simples. El actor solamente existe cuando hay un espacio vacío en el que su representación cobra vida propia sobre el escenario y prevalece exclusivamente en el recuerdo de los espectadores que le apreciaron. Así, el actor dispone de un único instante para eternizar su obra, elevarse en ella y convertirse en ese instante.

Mientras Delacroix pensó al actor como un intruso que trunca el ideal del dramaturgo, o del director, y que disocia la obra de su concepción original; se privó de comprender el hecho teatral como una actividad concebida, desde el primer momento, para ser entregada al público a través del intérprete, entendiendo que este último añade el elemento diferenciador que determina un resultado final irrepetible.

Quizás el tema con el testimonio de Delacroix es su dificultad para intuir que el actor no mutila la obra teatral, sino que la culmina, y así termina adueñándose de ella, de la misma manera en la que el pintor es dueño de su cuadro. Ambos, pintor y actor, son los verdaderos creadores de la obra en todo su esplendor. No hay mayores diferencias entre artistas de géneros distintos cuando estos logran inmortalizarse irremediablemente con sus piezas.

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