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Cristina Rossell, más allá de unas zapatillas de ballet

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Es muy probable que el rostro de Cristina Rossell sea familiar para todo aquel que frecuente los espectáculos de danza en Venezuela, sobre todo aquellos que prepara el Teatro Teresa Carreño. Y es que esta bailarina (y también actriz) no se detiene.

Fue una de las protagonistas del clásico ballet de Don Quijote; se convirtió en Lady Capuleto en el ballet de Romeo y Julieta; es fundadora de Movimiento de Artistas para la Integración del Sur (Mais) , y también asumió el rol de directora coreográfica del montaje De arañero a Libertador (espectáculo que relata la vida del expresidente venezolano Hugo Chávez), además de ser la bailarina principal de esta obra donde asume el papel de María Bandera. Todo esto sin detener su aspiración de convertirse en una verdadera prima ballerina y crear una institución donde las artes escénicas se conjuguen sobre el escenario al ritmo de la música y, por supuesto, el baile.

¿Considera que la danza es su verdadera pasión?
-Más que una pasión lo veo como un estilo de vida, no es todo lo que soy pero sí bastante de lo que me define como persona. Suscribo la palabras del mexicano Gustavo Emilio Rosales cuando dice que “en su condición como conocimiento, la danza va muchísimo más lejos que el baile. La danza no es tan sólo bailar, sino adquirir un estado de conciencia autónomo y transgresor por medio de la transformación poética de la imagen del cuerpo. Epistemológicamente está ligada a los conceptos filosóficos de mayor importancia: la ética, la libertad y el sentido primordial de la existencia”. En este sentido, la danza se permea en todo lo que hago y las decisiones que tomo de vida. Creo en el poder sanador del arte, creo en la danza como un muy válido –y muy subestimado-  medio de comunicación, creo en el arte no como un complemento si no como un aspecto medular de la sociedad, el mejor cambiador de consciencias y constructor de nuevas y posibles realidades y el mejor recordatorio de que el otro importa. Y por eso todos los días al levantarme e ir a mi clase de ballet renuevo esos votos, aunque a veces sea difícil re-convencerme.

¿De qué manera considera que descubrió que tenía «la vena» artística?
-Me parece que no fue un momento, sino más bien un proceso que fui descubriendo. Desde muy muy pequeña (creo que desde antes de poder recordarlo) estuve en contacto con el arte de diferentes maneras, mi mamá nos metía a mi hermana y a mí en una actividad tras otra que podía ser desde ballet hasta pintura y escultura. También nos llevaba todo el tiempo a ver teatro, títeres, entre otras cosas, lo que nos fue creando un banco de innumerables referencias que fueron creciendo hasta el sol de hoy.

¿Qué siente al momento de salir al escenario?
-Justo antes de salir creo que todos sentimos un poco de miedo, es lo normal, hay miles de cosas que podrían salir mal. Pero luego ya lo que quieres es explotar en energía y hacer llegar un discurso, un mensaje, que el público se conecte contigo.

¿Y antes de presentarse?
Emoción, muchas expectativas, ansiedad.

¿Cuál ha sido su mayor reto al momento de interpretar un personaje? Cuál le da «miedo» interpretar?
-Los personajes con mayor carga técnica son los que se me hacen más difíciles en general. Se me da mucho más natural aquellos personajes con más contenido artístico-histriónico, que cuenten una historia, que pueda yo misma crear un personaje a través de un proceso investigativo.

¿Cuál es su favorito hasta ahora?
-He disfrutado al máximo la mayoría de los personajes que me ha tocado interpretar hasta ahora, si debo resaltar algunos en específico diría que “Consuelo” en Tarde en la Siesta de Alberto Méndez, “Lady Capulet” en Romeo y Julieta de Héctor Sanzana y “Reina de las Nieves” en Cascanueces de Vicente Nebrada, hay muchos más que me encantan pero escojo estos tres.

Cristina Rossell

¿Cuál es su sueño más anhelado como bailarina? 
-Pertenecer (o crear quizás) a un espacio llámese compañía o no, donde pueda desarrollarme al máximo de mis capacidades y potencialidades, que nunca deje de aprender, que tenga una línea estética-coreográfica que vaya en consonancia con mis posturas e ideales de vida y mi visión del mundo.

¿Y su corriente artística preferida?
-No tengo una. Podría decir que el “maracuchismo” es mi corriente.

¿Se considera una prima ballerina?

No, para nada. Me falta mucho camino por recorrer. Ser prima ballerina implica haber alcanzado un nivel increíble tanto a nivel técnico como de la parte artística. Es ser una intérprete integral, versátil, manejar varios estilos y también ser un ejemplo a seguir. Ser una inspiración para otras personas, ayudar a los compañeros y aportar a las nuevas generaciones. Nada fácil.

Con una nueva corriente que busca impulsar las artes escénicas en nuestro país, ¿cómo sientes que ha evolucionado tu desempeño sobre las tablas? – ¿Qué le agregaría como artista a esta iniciativa nacional para que continúe su camino?
-Para los que hacemos danza clásica (ballet) ha sido una etapa un poco dura. En algunos momentos se quiso echar a un lado el ballet porque erróneamente se pensó como una técnica foránea, que no nos pertenecía ni nos identificaba como pueblo, y se empezó a dar más importancia a la danza tradicional que paradójicamente en “la cuarta” estuvo rezagada precisamente por ser algo autóctono. Pienso que hay espacio para todos, no hay que crear nuevos excluidos para darle importancia a los que históricamente no la tuvieron. Baudelaire lo expresa asertivamente desde la plástica cuando dice «exaltar la línea en detrimento del color, o el color a expensas de la línea, sin duda es un punto de vista; aunque no es ni muy amplio ni muy justo, y acusa gran ignorancia de los destinos particulares”. Con esto quiero decir que el ballet no es un arte elitista per se, lo será sólo en la medida en que los que dirijan los espacios de la danza apliquen políticas elitistas.

En estos años hemos tenido aciertos (muchos) y deudas (varias), en principio la cultura festivalera ha permitido que gratuitamente el pueblo todo tenga acceso a espectáculos de todas partes del mundo de excelente calidad y se haya ido formando un público conocedor, que antes era sólo reservado para los que tenían poder adquisitivo. Pero por otro lado de eso no queda nada en el sentido de que no hay formación para las generaciones futuras, la inmediatez no va con la danza, se necesitan como mínimo ocho años de escuela para formar un bailarín, Es un trabajo de hormigas que si nadie quiere asumir nunca va a suceder.

¿Ha pensado en explorar nuevos horizontes y quizá llevar su talento a otras fronteras?
-Sí lo he pensado, pero todavía no tengo claro el camino. Quisiera poder tener una carrera fructífera acá en mi país, pero que me permita intercambiar con mis pares de otras latitudes. Para los bailarines es demasiado importante viajar, actualizarse, aprender del otro, ver otras cosas.

Cristina Rossel bailarina danza el teatro
Fotos: Luis Corona

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