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«The Visit» traza una línea amarilla entre la moral y la necesidad

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– Análisis de The Visit, de Friederich Dürrenmatt, presentada en mayo de 2018 en el Almeria Teatre de Barcelona. El texto puede contener spoilers de la pieza – 

Un lugar en la mayor de las decadencias económicas, un pueblo pobre de gente pobre. El alcalde y todos sus habitantes preparan con emoción el recibimiento para quien es ahora la mujer más rica del mundo, y esperan poder convencerla de ayudarlos con algo (o mucho) de dinero. No es una historia feliz.

La justicia, y la dicotomía entre lo moral y lo inmoral centran el relato de The Visit (La visita de la vieja dama, en español) de Friederich Dürrenmatt, dirigida por Sue Flack y Julie Nash, quienes también encarnan personajes dentro de la pieza del autor alemán, que se presenta en el Almeria Teatre de Barcelona, como parte de su programación en habla inglesa. 

The Visit  cuenta la historia de la visita de Claire Zachanassian a su pueblo natal Güllen. Entre los habitantes, está Anton Schill, quien fuera amor de Claire en su juventud. Es él quien debe convencerla de ayudar al pueblo en su miseria, y aunque ella está en vías a su octavo matrimonio, es el llamado de “gatita salvaje” lo que vuelve a unirlos.

Los atuendos de los personajes nos muestran a perfección el nivel de pobreza en el que viven, contrastado con la opulencia en los trajes de Zachanassian y su séquito de sirvientes y prometido, estos últimos con algún detalle amarillo que denota a quién pertenecen.

La escenografía, por otro lado, nos hace saber que esta historia no será feliz. Al fondo se proyecta la imagen de un pueblo con rasgos de expresionismo alemán y pareciera como si todo se enmarcara en ese pequeño cuadro que podría ser una pantalla de un viejo televisor.

El escenario también está vivo, como el bosque donde Anton y Claire pasaban su juventud enamorada, donde los árboles son algunos de los actores. Este detalle le da carácter a algo que podría ser inmóvil y nos ayuda a distinguir emociones. Así como las incidencias musicales, la luz y los cambios de color en los letreros que nos señalizan dónde estamos.

En aquel río de pobreza, la invitada especial promete darles un millón, mitad para el pueblo y la otra mitad a repartir entre sus habitantes. Los gritos de emoción casi ahogan la voz de Claire advirtiendo que hay una condición. Alguien debe matar a Anton Schill.

Se nos revela así el motivo real de su visita, la justicia que desea comprar por el mal que le obró su amor juvenil y cómo ello la condicionó a una vida que no eligió. El primer acto acaba y bien podríamos estar frente a una versión alemana de Profundo de José Ignacio Cabrujas. Los principios se oponen a las necesidades y cuesta ver con claridad. Rechazan la propuesta, pero la millonaria afirma que esperará. 

Güllen comienza a pintarse de amarillo, que no es el camino de ladrillos amarillos de El mago de Oz, más bien como la línea que nos separa de lanzarnos a las vías del tren. Los habitantes comienzan a aparecerse frente a Schill con detalles que los hace parecer nuevos esclavos de Zachanassian. Y tal vez lo sean, a pesar de la promesa de que preferían no recibir un céntimo.

Anton recorre un pueblo que ahora podría resultarle extraño, parece atrapado en un chiste yendo de un lado a otro pidiendo que alguien lo ayude. Su propia familia parece querer evitarlo.

Se trata de un pueblo humano que espera que la horrible situación se solucione, pero no la pretende solucionar.

Los guardaespaldas de Claire —presentados como antiguos gángsters— toman ahora el puesto de músicos de la pieza y todo se siente un poco más lúgubre cuando el violín suena en vivo en oposición a provenir de una grabación. Extraño, ¿no?

Los personajes se van justificando, Anton comienza a perder la esperanza y mientras más zapatos amarillos hacen su aparición más seguros podemos estar de que el final no va a ser bonito.

Las apariciones de Claire se vuelven puntuales, casi como un comic relief que potencia el teatro del absurdo que veníamos presenciando y se nos hace evidente la gran actuación de Sue Flack. Julie Nash en el papel de la maestra también nos revela otra cara de la humanidad del pueblo; la angustia de Anton Schill (interpretado por Norbert Becker) se siente, pero nunca nos sentimos atrapados en una tragedia. 

La obra acaba en uno de esos movimientos escénicos que se califican de hermosos, el final perfecto para un montaje que eleva las palabras de Dürrenmatt a un entendimiento sublime de cómo una acción que se cree juvenil e inocente puede marcar el resto de una vida, de cómo la justicia teme hacer frente y cómo una suma de dinero imposible de rechazar es la solución más práctica a problemas donde la moral no es personaje.

The Visit de Escapade Theatre se presenta en Almeria Teatre de jueves a domingo hasta el 3 de junio. Entradas disponibles en la web del teatro.

Fotografía de Rebeca Hernández
Fotografía principal cortesía de Escapade Theatre

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