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Daniel Bermúdez Samper: «La luz es belleza y es gratis»

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Daniel Bermúdez juega con la fuerza de la luz natural y con lo que le ofrece la geografía. En Bogotá, un edificio debe estar preparado para la lluvia, el sol intenso, el frío, el calor y los cielos encapotados, todo en un mismo día. Y él aprendió a leer esta ciudad con ojos de arquitecto desde muy joven y de la mano de su padre, Guillermo Bermúdez, uno de los grandes arquitectos de Colombia. Un aprendizaje que se dio mientras lo ayudaba en su estudio, lo acompañaba a las obras en construcción, lo veía resolver problemas técnicos, o simplemente escuchándolo y siendo parte de sus historias.

Sus edificios están salpicados por la ciudad –la biblioteca El Tintal, el teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo, el coliseo del Liceo Francés y muchas de las edificaciones de las universidades Jorge Tadeo Lozano y de Los Andes– y están pensados para permanecer y responder a las necesidades específicas de sus usuarios.

Bermúdez es arquitecto de tiempo completo: vive y respira arquitectura, es su profesión y su pasatiempo, porque para él “la arquitectura es una forma de mirar el mundo, la ciudad y la sociedad”. Su relación con Bogotá es tremendamente apasionada: desde las aulas de la Universidad de los Andes, de donde es profesor emérito, sus edificios que crean ciudad y su propia experiencia como ciudadano.

Amante de la gastronomía, del buen vino y de las tertulias con los amigos –que aprendió a disfrutar en la casa de sus padres, donde pudo escuchar de primera mano las peripecias de Alejandro Obregón con sus murales o las aventuras de Hernán Díaz persiguiendo alguna fotografía–, Bermúdez también goza el privilegio de pasar el tiempo en su casa de la Sabana, en la que su jardín le brinda sosiego, o en su gran biblioteca, donde los libros de arquitectura son su más preciada posesión.

Por su mesa se esparcen varios dibujos a mano, junto a unos cuantos vasos con lápices de colores, grafitos y marcadores. En esos bosquejos deja claro que “el dibujo es una discusión”. Bermúdez se ve tranquilo y optimista con lo que viene: sus tres hijos, arquitectos, están tomando la antorcha.

-En los años 50, ¿cómo era vivir en esa casa de la carrera 13 con calle 85 en Bogotá, en donde hoy funciona el restaurante Casa?

-Mis padres, Guillermo Bermúdez y Graciela Samper, eran una pareja supremamente moderna para la época, y la vida en mi casa era muy diferente a la de mis amigos del colegio. Mientras en las casas de ellos, las cortinas estaban cerradas y los muebles protegidos en los salones, el centro de mi casa era la sala. Era un sacrilegio no usar ese espacio en donde pasaba todo: era para relajarse, para charlar, para discutir. Siempre había buena comida y algunos invitados.

Ahí conocí a Alejandro Obregón, a Fernando Botero, a Hernán Díaz. Alguna vez estuvo García Márquez. Y Fernando Martínez Sanabria, un arquitecto fundamental en la arquitectura colombiana. Mi hermana y yo no teníamos necesidad de irnos a otra casa u otros sitios, ya había suficientes distracciones y diversión ahí mismo.

En mi casa se hablaba, sobre todo, de arte. En 1957, en nuestra habitación, mi papá colgó unos recortes de obras de Miró y Picasso que para mis amigos eran unos mamarrachos. El cubismo ya había pasado, pero ese arte moderno era desconocido para ellos. Había una gran diferencia entre sus casas y mi casa: el contacto con el arte de una familia moderna y con ideas políticas avanzadas; además, mi mamá trabajaba y era exitosa.

-¿En qué trabajaba su mamá?

-Hacía los jardines en algunos proyectos de las grandes firmas de arquitectura del momento, y todavía existen algunos. Ella me llevaba a verlos y aprendí mucho de plantas. También tejía, hacía tapices y tapetes que, hechos hace 70 años, parecen de este siglo.

En ese contexto, era lógico que usted y sus hermanos estudiaran arquitectura.

-Claro que era lógico. Mi hermana estudió dos o tres semestres de arquitectura, mi hermano José Alejandro es arquitecto y artista. Y así como yo me casé con una arquitecta, Inés, mis tres hijos son arquitectos. Es una constante: investigue cuántas generaciones de músicos Bach han existido, o las generaciones sucesivas de pintores y arquitectos venecianos…

-Sus nietos podrían ser arquitectos.

-¡No me cabe la menor duda!

-Al salir de la universidad, en 1973, ¿el paso por seguir fue trabajar con su padre?

-Hice algunos trabajos en la oficina de mi papá mientras estudiaba. Dibujaba a lápiz, doblaba y ordenaba planos. Al graduarme, empecé a trabajar en Rueda, Gómez y Morales, una oficina de arquitectos con obras importantes. Trabajé unos dos o tres años allí, y luego tuve tres socios diferentes en diferentes momentos. Siempre tuve la idea de tener un socio para la parte técnica y de construcción, otro para la promoción y la administración, y otro que se dedicara a los proyectos. Al final, resolví trabajar solo y creé la sociedad actual en 1978. Empecé con unas agrupaciones de vivienda que promovía entre mis amigos, algo muy arriesgado. El punto de quiebre en mi carrera fue la ‘colombianización’ del edificio de la embajada de Francia. El proyecto ya estaba hecho y había que traducirlo para que calculistas e instaladores hicieran su parte según las leyes de Colombia y la geografía del lugar. Con ese proyecto se confirmaron las sospechas que tenía, y que había aprendido de mi papá, sobre la importancia de los componentes técnicos en arquitectura. En las leyes francesas, el arquitecto es el maître d’œuvre, el dueño de la obra, y debe encargarse del diseño y de la construcción por completo. Aquí, en Colombia, existe un sistema en el que el arquitecto hace planos y tiene poca injerencia y responsabilidad en la obra. Como he sido un poco fundamentalista, eso es lo que trato de enseñar en la universidad: a ser responsable de todo el proceso.

-¿Tiene un estilo arquitectónico? ¿Un objetivo arquitectónico?

-Estilo, no. Aunque, el estilo como una manera de entender las cosas, que se refleja en los proyectos, sí. Creo que el arquitecto debe trabajar a cierta distancia del proyecto, debe entender los mensajes que le envían la ciudad y el lote, y debe ser muy perspicaz en entender lo que el cliente quiere; no puede ser alguien que crea que lo único que debe hacer es seguir una norma, porque la ciudad pide mucho más. Además, el arquitecto debe saber que hay un problema técnico por resolver, que una obra tiene altos costos, y que debe ser responsable al proyectar.

Otra ruptura en mi carrera fue el diseño del edificio Lleras en la Universidad de los Andes. Ese proyecto lo desarrollé con ayuda y asesoría de mi papá. El rector necesitaba unas aulas, pero lo importante en ese momento era articular unos predios sueltos, sin coherencia, así que propuse hacer una columna vertebral que uniera la universidad a partir de un plan de ordenamiento. Ese fue el origen del Lleras: 6.000 metros cuadrados debajo de una escalera que es el eje central desde donde se empezó a organizar la universidad. La gracia del edificio Lleras es que no se ve. Y esa es la arquitectura que me ha tocado hacer: una que responde al futuro y no a necesidades inmediatas.

-¿Cree que un edificio puede llegar a ser obsoleto? ¿Que existen espacios y estructuras perdurables o que todo es efímero?

Todo debe tener una segunda oportunidad. Es parte de la esencia de un edificio: es un objeto útil para la sociedad. Es el caso de una planta de tratamiento de basuras que se convirtió en biblioteca en El Tintal.

-¿Cómo ve el futuro de Bogotá?

-Bogotá es una ciudad subnormal, incompleta, injusta, con unos que la gozan y otros que la sufren. Creo que esperaría que algo más de justicia y de facilidad, homogéneas, pudieran alcanzarse con temas públicos: la potencia que tiene un gran andén es que todos podemos caminar por el mismo espacio. La capacidad que tienen los temas públicos de enseñar a compartir es impresionante.

-¿Creería que la teoría o el alma del proyecto de Ciudad Salitre, del que usted fue director urbanístico, se podría trasladar a algunas zonas consolidadas o degradadas de Bogotá, como cualquier barrio de Bosa o como Cedritos?

-Hay necesidad de monumentalizar la periferia. Con inversiones grandes, se debe montar una malla metropolitana muy potente: abrir y diseñar vías, como en el París de Napoleón III y el barón de Haussmann, que decidieron crear un grupo de avenidas importantes, en la segunda mitad del siglo XIX, en esa ciudad de origen medieval con problemas de higiene, de insurrecciones y de incendios. Sobre esa trama antigua se realizaron las grandes avenidas que permitieron el desarrollo del París contemporáneo.

-¿Cuál es, entonces, el alma de Ciudad Salitre?

-Que el espacio público predomina sobre el espacio privado. Primero aprendimos de Bogotá: cuál es el buen espacio público y las buenas vías, cuáles son los parques bellos. Tipificamos y estudiamos los espacios, para indicar el confort y la belleza en la ciudad existente. Así, se repitieron esos elementos, con la idea de implementar un 50 por ciento de espacio público y un 50 por ciento para el privado. Si no hay suficiente espacio público, no hay confort.

-Con casi 40 años, ¿hacia dónde apunta Daniel Bermúdez y Cía.?

-El oficio se hereda y, seguramente, con tres hijos arquitectos ya veo una continuidad. Por ahora, la idea es seguir con los proyectos que tenemos en curso (unos 10 o 12, entre diseño y construcción) en varias ciudades del país.

Teatro Mayor Colombia

-¿Cuáles son esos edificios en los que Daniel Bermúdez es más Daniel Bermúdez?

-No hay ningún proyecto en el que esté todo lo que yo soy. Lo que pasa es que hay proyectos que, por las circunstancias, generan edificios con mayor o menor interés. Es como decir cuál hijo le gusta más. Podría quedarme con el edificio Lleras de Los Andes, la biblioteca El Tintal y el teatro Santo Domingo.

El tema de la luz es fundamental: es belleza y es gratis. Como en El Tintal, que no tiene vistas hacia el exterior pero la luz que entra por las claraboyas conforma las ventanas. O en la biblioteca de la Tadeo. La luz es paisaje. Por otro lado, el Santo Domingo es un proyecto muy especial: el cliente dio carta blanca y, al analizar el lote y el diseño del parque, la decisión fue crear un espacio para la ópera: un teatro con 1.350 butacas, un teatro-estudio, con camerinos y espacios complementarios. Para este proyecto visité unos 20 teatros en el mundo, me entrevisté con teatreros, y me dejaron estar en la tras escena durante una función en varios teatros, entre ellos el Liceu en Barcelona. Un proceso muy interesante.

Por Ana María Álvarez

Fuente: El Tiempo 

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