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Memorabilia | Apuntes sobre «Escrito y sellado»

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«No tomes ligeramente la bendición de un hombre común»

El Talmud

Juan Carlos Ogando mueve las manos, las junta sobre su pecho como si quisiera abrigarse. Es Escrito y sellado. Su cuerpo está tomado por un resfrío, llora hacia adentro. Una pena lo ha llevado hasta un remoto paraje. Toma el maletín color caramelo, en el que el profesor llevaba sus libros de William Shakespeare y lanza la presencia de Isaac Chocrón (1930-2011) a los pies del espectador que acude la sala La Viga del Centro Cultural Chacao.

Apenas en octubre del año pasado, la obra Escrito y sellado de Chocrón, se reestrenó en la Sala Plural del Trasnocho Cultural, si bien fue presentada en formato de lectura dramatizada en un ciclo realizado en el Centro Venezolano Americano (CVA) en homenaje al dramaturgo venezolano hace algunos años. Toda reposición, termina por ser una nueva propuesta, a veces nuevo elenco, sala, y sobre todo percepción. Son otras las miradas, otros los tiempos para estar en el teatro.

El estreno mundial de Escrito y sellado, sucedió hace 23 años en el Centro Cultural Consolidado – hoy sala del Centro Cultural BOD-.  En aquella ocasión le correspondería  descorrer el telón,  para iniciar la actividad teatral de ese espacio, que actualmente es una de los complejos escénicos del este de la ciudad más activos.

Ugo Ulive, director y dramaturgo uruguayo, la llevaría a escena, como a tantas otras de Chocrón. Ugo e Isaac conformaron una dupla casi indisoluble de ese proyecto llamado Nuevo Grupo. Leer a Isaac, era ver la caligrafia escénica de Ugo. Y uno nombra al Nuevo Grupo, como si la memoria fuera una virtud de este país. Uno se empeña entonces en recordar – pasar por el corazón – ese proyecto. Una propuesta cultural privada y civil, que sostenida sobre la dramaturgia de Jose Ignacio Cabrujas, Roman Chalbaud y el propio Chocrón,  junto a John Lange, Miriam y Sam Dembo y Elias Perez Borjas, será disparador y plataforma de nuevas voces autorales, actores, productores, directores.

Fundacional. Digresión válida, prohibido olvidar. Contar a Chocrón es narrar la modernidad del teatro venezolano desde el proyecto del NG. También a Ugo Ulive aquel regista y al hombre de teatro, el artista integral que es Javier Vidal, autor escénico de este remontaje. Vidal también suscribe la modernidad del teatro de la casa. Desde la Universidad Católica Andrés Bello hasta el Theja, y actualmente frente a Jota Producciones, nacida de la voluntad del dramaturgo.

Juan Carlos Ogando sonríe y su cara de luna llena, es la de Chocrón Serfaty nacido en Maracay de origen hebreo.

“ Yo lo que soy es caraqueño”, decía.

Es un quiebre único, el de esas manos chocronianas, con las que escribía primero a mano, antes de pasar alguna de sus 8 novelas,  18 obras  y 7 ensayos al computador.

Decía de ese gesto que cede, el del histrión Ogando, un desliz calculado, que se hace materia dramática  en la delicada construcción de un personaje gigantesco de la cultura venezolana  que nos dejó hace apenas seis años –2011– y hace que “acontezca” el teatro.

No hay fingimiento en el actor, es Chocrón con su esplendente inteligencia, su humor mordaz y una personalidad en la que se atesoraba una inmensa ternura.  Una capacidad inmensa de sumar afectos y construir lazos con el otro. De enhebrar una familia sorteada. Ritornello de su obra, como su judaísmo, con deslices como su pasión Teresiana (por Santa Teresa de Ávila, quien dicen era judía conversa).

Para quienes conocimos al escritor,  bien como profesor en la Escuela de Arte de la Universidad Central de Venezuela, director de la Compañía Nacional de Teatro de Venezuela, o miembro fundador del Nuevo Grupo, re-encontrarse a esta figura del teatro venezolano, uno de los dramaturgos más importantes del siglo XX, hecho personaje, es una conmoción. Con el surgimiento de  la vida en la escena, se avienta la memoria de un país que se menguó en su partida. Vale redundar. Un país que ha despedido a Sofia Imber, a Pedro Leon Zapata, a Manuel Bermudez, a Michelle Ascencio, a Mercedes Pulido de Briceño, Simon Alberto Consalvi, Maria Teresa Castillo, Jose Ignacio Cabrujas,  Roberto de Vries, Simon Diaz, Carlos Pacheco…y nos quedamos sin aire,

Ogando es Saúl -en la versión del original- el profesor universitario, que responde a la invitación de la Universidad de Nuevo México en Albuquerque. Más precisamente, se refugia en ese lugar donde el aire produce una suerte de “nota” lisérgica que descoloca las nostalgias y sobre todo las convicciones.

Su encuentro en ese rincón del mundo con el padre Miguel, encarnado por segunda vez por el actor Gonzalo Velutini, anuncia tormenta. Promete fragilidad. En un doble acto de desnudez, el autor asumido como personaje se despoja de si mismo, y al hacerlo se vuelve fantasma literario para poder compartir su dolor frente al destino de su amado: en su tránsito por la enfermedad -VIH Sida- camino a la muerte. Aunque se llame Saúl para contener-se y sobreponer-se a la tragedia.

Escrito y sellado en el libro de la vida, dicen los hebreos en la festividad del perdón o Yom Ki Pur.

El encuentro con la fe representada en la figura del cura católico, Miguel, le significara a Isaac, la posibilidad de redimensionar la muerte, y la revelación de Dios. El amado al que interpela San Juan de la Cruz. A lo inefable, el misterio que guarda la relación con eso otro, llamado Dios, Ala, Elohim…

Miguel: “ No se busca. Viene de repente. Aparece. Electriza. Enceguece. Tambalea. Obsesiona”.

Dice Ugo Ulive en el programa de mano del estreno en el Centro Cultural Consolidado: «Es en Mesopotamia donde se localiza ya el tema que constituirá la sustancia de Escrito y sellado, es allí donde hay que buscar su antecedente mas preciso, junto con la relación maestro-alumno que es la esencia de Simon» ( 1983).

El espectáculo de Escrito y sellado que ofrece Javier Vidal, es una pieza estremecedora, en la que se llega a sentir el frio de ese aire tan particular del desierto, pero también el calor de lo femenino que aportan una bellísima Gladys Seco como Sarita -Alter ego de Isaac en su vida más cotidiana-; y Nancy , encarnada por una estupenda Diana Díaz, una hermosa joven que se convierte en la asistente de Isaac durante su estadía en la Universidad de Nuevo México. Gonzalo Velutini y Taylor Plaza, completan este quinteto que se entrega sin miramientos a la experiencia de esta pieza, de revelaciones y soplos divinos, de tolerancia y amor en toda su inmensa gama de manifestaciones.

La obra suma la producción ejecutiva de Julie Restifo, la producción asociada de Samuel Hurtado, autor de la fotografía y el video; y la producción adjunta de Gonzalo Velutini; el vestuario es de Silvia Vidal; la ambientación es responsabilidad de Ramón Pérez Pina; la iluminación de Juan Carlos Ogando; la asistencia a la dirección es de Jan Vidal Restifo; y la asistencia de escena es de Sergio Malpica.

Es emocionante, que 23 años después al público se le ofrezca la suerte de disfrutar de esta obra magistral. Vigente y viva como nunca. Una pieza donde la temática de la obra de Chocron, a la que la critica adjudica la de ser la una de las mas autoreferenciales, alcanza la completud. Compartir y acompañar una perdida como la que significa en la vida de un ser humano, el amor profundo, casi absoluto, que suma la relación filial, profesor-discípulo, el amado, el amante. El amor como proceso de transformación y camino hacia sí mismo, en la plena conciencia de la imposible fusión.  Escrito y sellado ha vuelto para quedarse en el libro de la vida.

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