Hay obras que no necesitan presentación, pero sí merecen ser revisadas cada vez que vuelven a escena. Los Miserables es una de ellas. Su historia, su música y su dimensión dramática la han convertido en uno de los títulos imprescindibles del teatro musical internacional. Verla en Madrid, en su segunda temporada en el Teatro Apolo, es una oportunidad para reencontrarse con una obra monumental que conserva intacta su capacidad para emocionar, aunque también invita a distinguir entre la grandeza del material original y los resultados de su representación en español.
Basado en la novela homónima de Victor Hugo, publicada en 1862, el musical nació de la creación de Alain Boublil y Claude-Michel Schönberg. Boublil desarrolló el concepto y el libreto, mientras que Schönberg compuso la música; las letras de la versión inglesa corresponden a Herbert Kretzmer. La adaptación escénica en España está vinculada al trabajo de Trevor Nunn y John Caird, y la traducción al español de esta producción es obra de Albert Mas-Griera. En Madrid, la puesta en escena cuenta con la dirección de Víctor Conde y la producción de Cameron Mackintosh y ATG Entertainment.
Desde su estreno en Londres en 1985, Los Miserables ha recorrido el mundo, ha sido traducido a numerosos idiomas y ha conquistado a varias generaciones de espectadores. Su permanencia no se explica únicamente por el éxito comercial ni por la acumulación de premios. La obra ha logrado convertir una narración literaria de enorme complejidad en una experiencia teatral que combina emoción, reflexión social, épica y música. Esa es su principal fortaleza y también el desafío al que debe enfrentarse cualquier producción que decida llevarla a escena.
El musical regresa al Teatro Apolo de Madrid en su segunda temporada con una producción visualmente deslumbrante y una partitura que continúa siendo una de las grandes joyas del teatro musical. Sin embargo, aunque la escenografía y la iluminación convencen y están desarrolladas de manera magistral, la interpretación todavía tiene camino por recorrer para alcanzar la intensidad y el dominio escénico de las grandes producciones de Broadway y el West End.
Una historia que sigue siendo necesaria
La historia de Jean Valjean, el antiguo convicto que intenta reconstruir su vida después de cumplir una condena, continúa siendo uno de los grandes relatos sobre la redención. Perseguido por el inspector Javert, Valjean encarna el conflicto entre la justicia entendida como aplicación inflexible de la ley y la posibilidad de que una persona cambie. A su alrededor se despliega una galería de personajes marcados por la pobreza, la desigualdad, el amor, la pérdida y la esperanza.
Fantine representa la vulnerabilidad de quienes quedan atrapados en un sistema incapaz de ofrecerles protección. Cosette simboliza la posibilidad de un futuro diferente. Éponine encarna el amor no correspondido y la soledad, mientras que Marius y los jóvenes revolucionarios introducen la dimensión política de una sociedad que aspira a transformarse.
Victor Hugo escribió una novela atravesada por las injusticias de su tiempo, pero sus preguntas siguen vigentes: ¿puede una sociedad condenar a alguien para siempre por sus errores? ¿Qué sucede cuando la ley se impone sin compasión? ¿Qué valor tiene la esperanza cuando las condiciones materiales parecen negarla?
El musical conserva buena parte de esa profundidad. No convierte la revolución en una simple aventura ni la redención en una solución fácil. Su potencia reside en enfrentar al espectador con personajes que toman decisiones difíciles en circunstancias extremas. Por eso Los Miserables es mucho más que una sucesión de canciones conocidas: es una historia necesaria, capaz de recordar que detrás de los grandes acontecimientos políticos siempre existen vidas concretas, pérdidas y sacrificios.
Y es precisamente esa dimensión la que hace que la obra merezca un lugar destacado en la cartelera madrileña. No se trata de acudir al teatro únicamente para reconocer melodías populares, sino de asistir a una narración que ha conseguido sobrevivir al paso del tiempo sin perder su capacidad de interpelar al público.




