Para Leer Lorca y el teatro: Una construcción escénica formidable

Lorca y el teatro: Una construcción escénica formidable

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No fue en la Residencia propiamente dicha sino en un festejo de Reyes Magos que organizó para sus hermanas Isabel y Laura, momento en que ya se hallaba escribiendo una opereta lírica, Lola, la comedianta, que iba a tener música de Manuel de Falla, pero quedó trunca.

Su primera obra terminada y estrenada en la capital española, en 1920, fue «El maleficio de la mariposa», todo un fracaso que cosechó abucheos, dirigida por Gregorio Martínez Sierra, un dramaturgo que tiempo más tarde, durante su estadía en Buenos Aires, tuvo fama de charlatán, pues firmaba obras que en realidad escribía su esposa.

Varios años después, en 1930, luego de haber cumplido su famosa estadía en Nueva York, Lorca se trasladó a La Habana con la intención de estudiar la música y la cultura cubanas y comenzó a bosquejar «Así que pasen cinco años» y «El público», esa obra «homoerótica» y escandalosa para sus amigos intelectuales, que Alfredo Alcón estrenó en Milán y Madrid en 1987, casi seis décadas después.

De vuelta en España y con el auspicio del Ministerio de Educación, durante la Segunda República, en 1931, cofundó el grupo La Barraca, un elenco universitario itinerante que representaba pasajes u obras completas de Lope de Vega o Calderón de la Barca en ciudades y pueblos que carecían del teatro.

Poeta sobre todas las cosas, García Lorca es tenido por los estudiosos como el español más representado junto a Ramón María del Valle-Inclán, de quien parece haber bebido la poesía de los diálogos y el impulso hacia lo popular, aunque también tiene influencias del modernismo y de Lope de Vega, como se puede observar en la métrica de «Mariana Pineda», estrenada en 1927, en la que refleja la vida de la heroína homónima del siglo XIX mediante un drama profundamente lírico.

En el estreno madrileño en 1930 de «La zapatera prodigiosa», caratulada como «farsa violenta en dos actos», protagonizada por Margarita Xirgu, ya figuran las navajas y la sangre como elementos de la acción en un ámbito rural, de la que el propio Lorca dijo: «Yo la hubiera calificado ‘patacomedia’, si la palabra no me sonara a farmacia… Y es que, como ustedes han podido ver, la obra es casi un ballet, una pantomima y una comedia al mismo tiempo».

La argentina camuflada de española Lola Membrives había conocido el granadino en 1931, durante una gira por América Latina, y dos años después estrenó en Buenos Aires «Bodas de sangre», la primera de sus grandes obras, y ante el éxito clamoroso invitó a Lorca a disfrutar de esas mieles directamente en Buenos Aires.

Lorca se instaló en el hotel Excelsior -actual Castelar- en la Avenida de Mayo 1152, donde compartía mesas con Alfonsina Storni, Oliverio Girondo y Norah Lange, entre otros intelectuales y artistas, y donde entre mediados de 1933 y marzo de 1934 conoció por primera vez, además de la gloria, la holgura económica.

También estuvo en Montevideo, donde se codeó con la poeta Juana de Ibarbourou, el escultor Juan Zorrilla de San Martín y el ensayista mexicano Alfonso Reyes, y redondeó algunas piezas que tenía en barbecho; y de regreso a Buenos Aires dirigió una nueva y exitosa versión de «Bodas de sangre», también con Membrives como protagonista, y otras obras de su cosecha, además de una adaptación propia de «La dama boba», de Lope.

Su simpatía, su formación y su don de gentes le granjearon una legión de seguidores en el ámbito porteño; asistió a numerosos agasajos y ofreció conferencias en el teatro Smart -actual Multiteatro-, en cuyo foyer fue saludado por Carlos Gardel, en épocas en que el polémico médico español Pablo Suero acaparaba las salas para promocionar sus métodos curativos.

A su regreso a España, con el espaldarazo de su fama rioplatense y el bolsillo sin sobresaltos, puso punto final a sus bosquejos de «Yerma», «Doña Rosita la soltera» y la mayor de todas, «La casa de Bernarda Alba», además de escribir poemas y ofrecer charlas, poco antes de ser fusilado «por rojo y por maricón» en la carretera de Víznar a Alfacar, el 18 de agosto de 1936.

Según el diario alfacareño Ideal, en 1986 unos albañiles que trabajaban en la construcción del Parque Federico García Lorca, en el presunto lugar del hecho, para conmemorar los 50 años del asesinato del poeta, encontraron restos humanos y una muleta de madera, que podría haber pertenecido al maestro Dióscoro Galindo González, compañero de infortunio de Federico y de dos toreros aficionados, pero la urgencia por terminar las obras hizo que todo se tapara y el indicio quedara en el misterio.

Fuente: Télam

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