PoéticaArnaldo Jiménez: "El poema busca un golpe de belleza"

Arnaldo Jiménez: «El poema busca un golpe de belleza»

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su ausencia se cocina
en el fuego manso
de las hornillas de la casa
y el sabor de los días
que pertenecen
a las migajas del pan
conjugan este devenir
de harina
en nuestros cuerpos

mi alma es atraída
por los restos de la convivencia

Con este  poema del escritor venezolano Arnaldo Jiménez, de su poemarioTramos de la lluvia damos comienzo a esta entrevista. Nacido en La Guaira  y radicado en Puerto Cabello desde su infancia, Jiménez es poeta, narrador, articulista y ensayista, así como licenciado en Educación por la Universidad de Carabobo y corrector de estilo.

Jiménez cuenta con una vasta y destacada trayectoria que abarca la publicación de 36 libros en diversos géneros literarios —como poesía, cuento infantil, microficciones, cuento, ensayo, aforismos y novela—. Dueño de una voz profundamente arraigada en el oficio de la palabra, ha sido galardonado con más de una docena de premios literarios y es invitado con frecuencia a participar en eventos, encuentros y festivales dentro y fuera de su país.

Nos adentramos así en el universo creativo de un autor incansable para quien la escritura es tanto territorio cotidiano como refugio. La poesía es su  modo de andar despierto saboreando y palpando el mundo.

Foto de Gabrielys Jiménez

– Siendo originario de La Guaira y habiendo radicado gran parte de tu vida en Puerto Cabello, ¿Cómo influyó el mar, el puerto y el devenir costero, en tus primeros acercamientos al ritmo y la revelación de la poesía?

R: Los puertos y el mar son presencias constantes en la historia familiar, y uno no puede escapar al espacio inmediato de donde la vida come hasta desaparecer; la poética del lugar está ahí, deviniendo, transformándose; sin embargo, no todos los ojos despiertan para captar ese flujo de convivencias con lo vivo y lo muerto. En mi primer poemario, dividido en tres partes: la casa, el jardín y la ciudad —como quien se dispone a salir y conocer desde lo interno hacia lo externo—, a esta última no le dediqué muchos poemas, porque era el inicio de un aprendizaje que tenía que ver con el afecto desde el pasado y el afecto desde el presente.

Caer en un lugar, hacerse terrestre, es un acto lento de toma de conciencia o de ampliación de la misma. Considerando a Zumos como el inicio de un viaje, debo decirte que la revelación poética tuvo como núcleo a los seres de la convivencia, mi abuela materna, mi madre, mis tíos, mi hermana… Primero me percaté de los rituales y costumbres, de la belleza del lenguaje, de los forcejeos con las enfermedades, de los vínculos con las matas y las ánimas, y después entendí que ningún ser se crea mutilado de historia, y los cuerpos viven envueltos en los espacios y tiempos que les permitieron transitar.

Y así el mar comenzó a meterse en los poemas, nuestras mudanzas de puerto en puerto, nuestra inestabilidad para conseguir una casa propia, era como si siempre anduviésemos montados en una barca esperando a ver quién se baja y se sumerge en el cielo líquido. Pero es en la novela el espacio literario donde el mar se hace parte de las historias así no lo nombre, no sé cómo ocurre pero el ritmo del tiempo no es lineal ni circular, es un vaivén, una marea que trae cosas y seres y los deja en la orilla, yo voy y abro sus cuerpos, hurgo en sus mentes e intento darles algo de dignidad, porque sé que todos somos pasajeros.

Lo doméstico adquiere una dimensión sagrada 

– En obras como “Tramos de lluvia”, lo doméstico, la cocina, los objetos sencillos de todos los días adquieren una dimensión sagrada. ¿Cómo se logra transformar el detalle más mínimo del hogar en un territorio lírico?

R: Tramos de lluvia fue mi segundo poemario y, como casi todo lo que he escrito, es un homenaje, una ofrenda a los seres que han formado parte de mi vida. Las crisis de asma de mi madre y las complicaciones que esto trajo, la empujaban cada vez más hacia el muro donde todas las palabras fracasan. La meta que me propuse después de Zumos tuvo que ser postergada, porque quería que Milka leyera un poemario dedicado a ella de manera exclusiva, y pasaban los meses y yo con el miedo de que ella muriera y no lo pudiera leer. Pero se logró el objetivo. Milka es uno de los seres más humildes que yo he conocido, una humildad sincera, honesta, y ella sentía amor por las piedras, por las maderas, los rosarios, las tonalidades de las rosas, la lectura, las lámparas…

Por tanto, no podía nacer un poemario ajeno a esas partituras de amor que, de cierta forma, yo heredé. El territorio lírico que tú hermosamente designas, existía previo al libro, yo lo que hice fue orbitar con los ojos bien despiertos en torno a todas esas escenas que se pierden y surgen como fogonazos de tiempo, recortes de una película en la que también se alternan los silencios y los olvidos. Yo estoy convencido de que cualquier objeto es trascendental, que la circulación de la ternura y otras emociones los torna sagrados, que lo poético no se debe forzar porque forma parte de la vida.

– Frente a un mundo saturado de ruidos y mensajes veloces, ¿Cuál consideras que debe ser el peso, el silencio y la responsabilidad ética del poeta frente a la palabra escrita?

R: No traspasar tal velocidad al hecho de escribir; por una parte, y por otra dejar de creer que la inspiración genera creación. ¿Cuánto tiempo puede sostener el aliento el que se inspira? Lo que resulta es casi siempre una impostura, algo que cojea; escribir es saber que se pierden las nalgas en el intento, que el oficio exige disciplina, constancia, atención; que en esa práctica la espalda adolece y la mente está alerta a lo que importa.

Ambos, velocidad e inspiración, son vectores que están dialécticamente unidos; escribir es una consecuencia del hecho de hacernos preguntas, de filosofar en torno a los misterios que nos rodean y somos. Escribir desde lo incómodo, desde lo oscuro, tocar el tuétano de las vivencias, hundirse en el estiércol para convertirlo en oro. Huir de las apariencias, de las personalidades que ven luz donde hay sombras, de los seres con una actitud en extremo positiva, o en extremo fatalista, pero hay que voltear hacia ellos para enterrar la vanidad y el desánimo.

No escribir para ser exitosos, escribir para sobrevivir a ese mundo de ruidos y mensajes veloces. El poeta y los escritores tienen la función de insuflarle aliento de vida al lenguaje, de permitir que el ecosistema humano no muera por tanta cáscara hueca que producen las redes sociales. Si existe un “capital” emocional en el planeta, su aumento es responsabilidad casi exclusiva de los artistas, y entre estos, el poeta y el escritor. Anteponer la calma, la concentración, el enfoque en lo que se quiere decir e intentar decirlo; para ello hay que leer mucho, establecer relaciones entre distintos ámbitos de la vida.

La escritura poética, el olvido y la ausencia

– En tu poesía es común percibir una vieja carretera por donde regresan los muertos y recuerdos familiares. ¿Es la escritura poética el único puente verdaderamente eficaz contra el olvido y la ausencia?

R: Desde mi punto de vista que, como todos los puntos de vista, es parcial y subjetivo, no existe nada que sea de verdad eficaz contra el olvido y la ausencia. El primero de ellos está incubado en las personas que recuerdan, y poco a poco se inflama y surge vigoroso en la medida en que esas personas van muriendo, pronto no quedará nada ni nadie que te recuerde y en ese momento el olvido reinará; claro, son las ausencias los que lo confeccionan.

El ser humano vive inventando armas que le ayuden a sobrevivir a lo efímero, elemento sustancial de la realidad junto a su otra parte, la transformación, el cambio. Se ha inventado el cine, la fotografía, la escultura, la arquitectura, la pintura, la religión, la historia, entre muchos otros intentos de capturar lo real y eternizarlo; pero el tiempo lo que hace es erosionar más lento, y no por ello deja de hacer su trabajo: sacarnos fuera del escenario, detenernos en una de las tantas vueltas del reloj de la sangre. Decir que todo tiene el sello de la muerte, no es una expresión negativa o fatalista, es una constatación de nuestra caducidad y de nuestras ilusiones de no vivir en vano.

– La lluvia, el agua, recorren tu obra como una constante, ¿funciona la poesía para ti como una precipitación necesaria que limpia o subvierte el ánimo del tiempo?

R: No había visto esa constante, gracias por ponerla ante mis ojos. La lluvia tiene dos caras: la de la alegría del niño que corre echando palitos en las corrientes que se forman en las calles, y la del adulto que se siente pasivo a recibirla como un bautismo tardío. Esas dos caídas viven en mí, sus canciones son distintas y al mismo tiempo única. De muchacho me acostaba sobre las aceras y los montes y abría los brazos para recibirla como una mujer que me recorría el cuerpo a picotazos plateados, muchas veces me dejaba el agua encima, si sacarla con otra para que el abrazo de la lluvia se prolongara. Quizás por las zonas tan calurosas en las que hemos vivido, la lluvia adquiere una relevancia inusual. Y sí, la poesía limpia porque es un modo de conocimiento, una lluvia que nunca deja de caer.

– Al transitar tanto por la poesía, la narrativa y el ensayo, ¿En qué momento reconoces que una idea debe resolverse en el pulso del poema y no en la prosa?

R: Partamos de lo básico, el poema no es la poesía, esta vive sin aquel, el poema puede o no poseer poesía dentro, es decir, vida, sangre, y morirá más rápido si traiciona el vientre que le dio origen; o sea, si miente. La poesía, desde su ámbito cultural y artístico, es el caballo donde cabalgan todas las artes, en su columna y en su lomo se unifican las artes como si fuesen sus vértebras, sus órganos de articulación o bisagras. Cuando me apremia una emoción o una verdad emocional, que no necesariamente ha pasado por el filtro de la racionalidad lógica, aunque no se descarta, elijo una imagen que pueda develar esa emoción, que la exprese de la mejor manera, y allí sé que el poema es el utensilio más fiel para lograrlo. La imagen poética puede contener metáforas, pero es más que eso.

Escribir un poema es esculpir imágenes procurando que estas expresen la emoción o el suceso vivido; el poema busca un golpe de belleza, no tanto la comunicación directa, no tanto contar un evento real o imaginario. Pero cuando lo que se quiere transmitir necesita expansión en los detalles, necesita un espacio con menos restricciones para que la escritura narre una cadena de eventos, entonces se recurre al cuento o a la novela. El poema capta un instante, el cuento narra un hecho dividido en varios instantes, la novela sigue una ruta más amplia, lo cual no niega el rigor.

Lo que no se ha dicho aún 

– A estas alturas de tu trayectoria y obra consumada, después de tanto escrito y publicado, ¿Qué sigue exigiendo de ti la hoja en blanco? ¿Qué es lo que todavía necesitas expresar imperiosamente como poeta?

R: Yo entiendo que la vida no tiene sentido, que pasamos la existencia buscándolo; yo entiendo que esta búsqueda es inútil; pero lo hago, lo intento. Quiero decir que entre todos los elementos y caminos que la sociedad nos ofrece para gastarnos, yo he elegido a la escritura como una forma de distraer a la muerte. Se escribe desde un sitio de desconocimiento, desde un suelo fértil en absurdos e ironías. ¿Qué es la historia sino una larga colección de desatinos? La narración de todas las formas que hemos elegido para matarnos entre nosotros.

Por ello, porque cada día el vacío acecha, yo escribo para creer que me lleno; porque cada día la sociedad inventa ilusiones y seducciones comerciales que intentan llenarme, yo escribo para vaciarme, para despojarme de la posibilidad de ser una mercancía producida en serie; porque cada día el absurdo cobra la forma de lo inesperado, yo escribo para creer que no vivo en vano. Porque cada día se le da más importancia a las abstracciones, yo escribo para pisar tierra. Publicar es secundario siempre. Estamos hechos de lenguaje, pero este no nos pertenece, es una propiedad colectiva que puede decrecer y morir; sin embargo, es el instrumento más idóneo para intentar conocernos. Por eso escribo.

– Como licenciado en educación y creador, ¿Cómo ves el pulso de la poesía actual en Venezuela frente a las nuevas generaciones que buscan descifrar su propia voz entre los escombros de la época?

R: Creo que la expresión poética, en la actualidad, se haya diversificada, por una parte están los que intentan responder a los avatares de la política, y por otra parte transitan los que la evaden sea consciente o inconscientemente; también hay jóvenes con otros tipos de búsquedas igualmente válidas. Por ejemplo, la inclusión de la danza, la música o las ilustraciones en el poema, la reflexión sobre el lenguaje usando al poema como modo de expresión; la ternura, las pérdidas, las despedidas, y situaciones de crisis existencial, de identidades o conflictos generacionales, entre otras.

Quizás podamos agruparlos entre los que escriben fuera del país y los que escriben dentro. Incluyendo la posibilidad de que los que salieron del país y regresaron, vivenciaron contrastes culturales que pueden alimentar sus poéticas. Quiero recalcar, aunque no me gusta hacer esa distinción, a la poesía escrita por mujeres por su alta calidad, la mayoría de ellas consiguen giros inesperados, extraños, que fortalecen el músculo poético del país. Todo esto es para decirte que veo un saldo positivo en tal diversidad; que las épocas de crisis políticas y económicas que, casi siempre van juntas, despiertan los sentidos, permiten descubrir otros derroteros para la expresión de lo que se quiere decir.

Por otra parte, la expresión “poesía joven”, exige sus delimitaciones porque tiene muchas variantes. Recuerdo al poeta Ledo Ivo, quien a sus ochenta y tantos años decía que era el poeta más joven de Brasil, y en cierto modo era cierto. La juventud de la poesía también es relativa a la vitalidad que el poeta le imprima, a la fuerza que esos poemas arrojen a los lectores; quizás existan poetas viejos que sean más jóvenes en sus escrituras.

Un poema hueco nace, apenas respira, envejece y muere, así su autor tenga menos de veinte años. Otra de sus variantes está en la mirada de quien señala o emite juicios de valor. Para alguien de setenta años, un poeta de cuarenta puede ser joven; pero en fin, la juventud de un poema se mide también por el respeto que el poeta tenga por el oficio, por su manera de vivir y captar al mundo desde la percepción poética que exige análisis de las múltiples relaciones entre diversos aspectos de la realidad; pero también exige silencio, contemplación más allá del lenguaje.

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