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Entrevista a Los Pipis: las formas de hacer del amor una obra compartida

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Hay un instante, casi inexplicable, en el que el teatro consigue que una vida deje de ser individual y se convierta en la de todos. Quizá allí habite el corazón de Los Pipis: en esa alquimia escénica capaz de transformar la intimidad en dramaturgia, la experiencia en poesía y las heridas personales en imágenes donde una generación entera puede reconocerse.

Federico Lehmann y Matías Milanese son pareja en la vida y compañeros de una misma aventura artística; dos creadores que han hecho del amor, sus contradicciones y sus zonas de fragilidad una materia viva, expuesta a la mirada del público. Incluso cuando estuvieron cerca de separarse, esa frontera porosa entre la vida y la creación siguió planteándoles una pregunta esencial: cómo amar, cómo transformarse y cómo volver a elegir aquello que, aún en sus momentos más difíciles, nos da sentido.

En el universo de estos artistas, lo autobiográfico se convierte en una operación teatral. Desde Perritos de porcelana, donde la violencia de un crimen de odio revela la dimensión política de una existencia, hasta la trilogía integrada por El mecanismo de Alaska, La conquista de Alaska y Pasión, una tragedia argentina, sus obras desplazan lo íntimo hacia territorios cada vez más amplios.

El vínculo amoroso se abre a la familia, a la comunidad; y los afectos, a las tensiones de una época que también deja su huella en los cuerpos, las identidades y las formas de pertenecer. Hay en ese recorrido una búsqueda dramatúrgica que no separa al individuo de su contexto: la historia personal se vuelve materia colectiva, mientras el presente irrumpe en escena con sus incertidumbres, sus violencias y sus preguntas. Con Cae una catedral, esa exploración vuelve a detenerse ante los vínculos que sobreviven a sus propias transformaciones, las pérdidas que modifican nuestra manera de amar y el tiempo que convierte incluso aquello que creíamos inmutable en otra cosa.

Pero el teatro de Los Pipis somete la vida misma a la transformación poética que exige el arte. La palabra, el cuerpo, la imagen y el silencio dejan de ser elementos aislados para construir un lenguaje en el que lo cotidiano puede adquirir una dimensión trágica, lo íntimo revelar su espesor político y una situación aparentemente pequeña abrirse hacia preguntas universales.

Su apuesta consiste en crear las condiciones para que algo suceda entre el escenario y la platea: ese encuentro irrepetible en el que cada espectador completa la obra desde su propia memoria. Porque el teatro, cuando alcanza su misterio más profundo multiplica el sentido. Y quizá la belleza de Los Pipis resida precisamente en hacer lugar para otras identidades, otras familias, otras maneras de vivir y de imaginar el futuro. Convertir la experiencia en forma, la vulnerabilidad en potencia creadora y el acto de contar en una forma de acompañarnos. Desde ese territorio donde el arte y la vida se interrogan mutuamente, conversamos con ellos sobre las historias que los convocan, el tiempo que habitan y esa necesidad, siempre renovada, de subir al escenario para descubrir qué puede decir el teatro sobre nosotros.

Sus obras parten de experiencias íntimas que terminan dialogando con las inquietudes de una época. ¿Cómo se transforma aquello que los conmueve personalmente en una historia capaz de interpelar a los demás?

Para nosotros, la inspiración siempre está ligada al contexto, a observar lo que sucede y a dejarnos atravesar por nuestro tiempo. El mecanismo de Alaska nació de las ganas de contar nuestra propia historia y preguntarnos qué podía aportar al presente. Con La conquista de Alaska quisimos explorar la otra cara de ese recorrido: el amor. Y con Pasión, una tragedia argentina aparecieron la guerra, la patria y la necesidad de pensar qué sucede cuando debemos desprendernos de aquello que nos constituye.

Siempre partimos de lo cercano, de lo que nos moviliza. El desafío es siempre transformar esa inquietud en una obra que entretenga, pero que también conmueva y siga resonando cuando el espectador abandona la sala.

¿Qué aporta su trilogía al teatro argentino contemporáneo y qué sucede cuando las experiencias cotidianas encuentran su lugar en la escena?

Nos interesaba contar historias cercanas, que pudieran pertenecerle a cualquiera, porque muchas veces sentíamos que la cartelera estaba lejos de nuestro día a día.

Con Perritos de porcelana, una obra sobre un crimen de odio contra una persona gay, una amiga vino a vernos con su familia. Después me dijo: «Quería que supieran en qué ando». Esa frase resume mucho de nuestro teatro: la posibilidad de que una obra ayude a alguien a explicar su mundo y compartirlo con quienes ama.

Para nosotros, el escenario también es eso: un lugar donde la experiencia individual encuentra eco en los demás y deja de ser exclusivamente propia.

La identidad más allá de las etiquetas

¿Cómo consiguen que sus personajes, atravesados por la experiencia queer, trasciendan las categorías y alcancen una dimensión universal sin renunciar a su identidad?

Creemos que es un error pensar que el teatro LGBT+ tiene que hablarle exclusivamente al colectivo. Hay muchas maneras de vivir una identidad, y reducirlas a una sola representación puede convertirse en un cliché.

En El mecanismo de Alaska, por ejemplo, podemos hablar de cómo adoptamos a nuestra gata y terminar en una guerra. La historia sigue con una familia formada por dos padres y una hija, y lo que aparece es el vínculo entre padres e hijos, más allá de la homosexualidad.

Nos interesa que la identidad no sea una frontera, sino parte de una experiencia más amplia. Cuando una obra habla del amor, los miedos y las contradicciones humanas, abre la posibilidad de que cada espectador encuentre algo propio en ella.

¿Puede el teatro convertirse en una forma de activismo al imaginar vidas que durante mucho tiempo permanecieron fuera de escena?

Sí. Yo milito mucho, voy a las marchas y defiendo nuestros derechos. Poner en escena nuestras luchas, nuestros intereses y también nuestras pequeñas cosas cotidianas es otra forma de activismo.

Cuando llegué a esta ciudad, a los dieciocho años, me hubiera gustado encontrar una obra que me dijera: «Che, está todo bien, podés ser puto, podés tener una familia». En muchas historias, los personajes gays terminaban solos, muertos u olvidados.

Por eso necesitamos mostrar la alegría queer, la creatividad y la esperanza. Que un pibe pueda descubrir personajes gays que también tienen proyectos, humor, afectos y una vida por delante. Para mí, representar es ampliar el horizonte de lo posible: mostrar que existen muchas maneras de vivir.

Sus creaciones están atravesadas por imágenes, metáforas y poesía, sin imponer una lectura definitiva. ¿Qué lugar le reservan al espectador en la construcción del sentido?

No queremos bajar una línea ni decirle al público qué tiene que pensar. Nuestras obras están llenas de poesía y metáforas; nos interesa que las imágenes permanezcan y despierten preguntas.

Con Cae una catedral, por ejemplo, no buscamos que alguien salga pensando si la subrogación de vientre está bien o mal. Mostramos una realidad y cómo los personajes deciden atravesarla.

Lo hermoso de una obra de arte es que cada persona la interpreta desde su propia sensibilidad, como sucede al contemplar un cuadro. Nos gusta que el teatro continúe viviendo en el espectador después de la función. No necesitamos que todos encuentren la misma respuesta; nos interesa que cada uno construya la suya.

Nuevos lenguajes, nuevas posibilidades

Después de construir un universo teatral propio, ¿qué horizontes se abren para Los Pipis y qué significa trasladar sus historias a otro lenguaje artístico?

Se vienen giras por Mar del Plata, Rosario y Santa Fe, además de presentaciones internacionales. Uno de nuestros grandes proyectos para el año que viene es llevar dos historias importantes al cine.

Nos entusiasma descubrir cómo trasladar todo lo que el teatro nos dio a otro lenguaje. No se trata de seguir las reglas del cine, sino de encontrar una forma nueva de contar esas historias.

También volverán algunas de nuestras obras más importantes y tenemos ganas de crear una nueva. Seguimos queriendo hacer cosas lindas, encontrarnos con el público y descubrir qué otras formas puede encontrar una historia cuando se convierte en arte.

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