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El próximo furor: El show argentino que deslumbra para no ver la oscuridad

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Hay algo profundamente inquietante en El próximo furor, de la agrupación teatral argentina, Los Pipis: la posibilidad de que una sociedad entera pueda estar muriéndose de hambre mientras celebra, con los brazos en alto, las hazañas de su próximo ídolo. La obra original de los argentinos Federico Lehmann y Matías Milanese encuentra en los rincones de la cultura pop una extraordinaria metáfora de nuestro tiempo: vivimos buscando emociones inmediatas, pequeños acontecimientos capaces de hacernos sentir vivos durante unos minutos, mientras aquello que verdaderamente debería conmovernos permanece cada vez más lejos de nuestra mirada.

BTS, Taylor Swift, Dua Lipa, los Jonas Brothers o cualquier nuevo fenómeno capaz de despertar devociones multitudinarias representan, desde esta lectura, algo más que el talento o la fascinación por un artista: ellos también representan la posibilidad de depositar nuestras necesidades afectivas en una figura distante, de convertir el entusiasmo en refugio y de confundir la intensidad de una emoción pasajera con la profundidad de nuestros sentimientos. Mientras tanto, el hambre sigue ahí. La desigualdad no desaparece. Las familias se diluyen en su incapacidad de comunicarse y la sociedad aprende a bailar sobre sus propias ruinas.

Los Pipis construyen un musical que utiliza el brillo, las canciones, el fanatismo y la energía de una boyband para revelar las contradicciones de ese universo. En escena, Martina Algan, Fran Bert, Rocío Busca, Eva Capusotto, Pedro Concetti, Ramiro Gelvez, Federico Heinrich, Malena Luchetti, Milton Novo, Ima Parise, Salvador Romano, Paloma Urquiza y Trinidad Xanthopoulos dan cuerpo a este universo coral en el que la música adquiere una dimensión que trasciende el lucimiento vocal.

La obra no es necesariamente la exhibición de una técnica de canto virtuosa, la amplitud del registro o la pulcritud de la emisión lo que ocupa el centro de la propuesta. Hay algo profundamente expresivo en esas voces que, a través de sus inflexiones, sus quiebres tímbricos, sus respiraciones entrecortadas y cierta aspereza deliberada del fraseo, consiguen transmitir un dolor desgarrador.

Acá la fragilidad vocal también es parte del lenguaje dramático: importa menos la perfección del sonido que la verdad emocional que consigue alojar. Y es que cada canción lleva consigo una herida que la lírica misma no es capaz de cerrar sino que más bien da espacio para una pregunta aún más dolorosa: ¿qué hacemos con todo lo que sí (y realmente) nos falta?

Los cuerpos buscan respuestas a esta pregunta en el deseo, en el sexo fugaz, en el contacto con otros. Es decir, se refugian en el escape de su propia intemperie para descubrir que el deseo en sí no llena los espacios vacíos que la vida cotidiana nos ha dejado.

La propuesta de los Pipis también ofrece lugar para la violencia de una sociedad que necesita ordenar, disciplinar las conductas y establecer los límites de aquello que puede expresarse. Situaciones como la represión policial no aparece solamente como una manifestación del poder institucional, sino como una imagen de todas las fuerzas que intentan silenciar aquello que incomoda, que se sale del molde y que amenaza con alterar el orden establecido. Es un espacio para mostras que existe todavía una violencia que impide, limita, la existencia en libertad y que se esfuerza en convertir la diferencia en una sospecha y su expresión en una transgresión.

Y es precisamente allí donde el teatro de Los Pipis fija una de sus mayores potencias: en la reivindicación de esos cuerpos que el mundo productivo considera inútiles, excesivos o inconvenientes. El espectáculo y la fiesta conviven con la crisis, el hambre y la represión; la risa no cancela la tragedia, sino que permite mirarla desde otro lugar. El furor, entonces, deja de ser solamente el entusiasmo colectivo por una nueva banda y se convierte en una pregunta sobre nuestras propias prioridades.

Quizás el verdadero problema no sea que necesitemos ídolos, canciones o momentos de felicidad, sino que hayamos aprendido a necesitarlos para no escuchar el dolor que nos rodea. Esta obra que es la cuarta residencia artística que ofrece este colectivo nos invita a levantar la mirada de los escenarios que construimos para escapar y reconocer que, mientras buscamos desesperadamente algo que nos deslumbre, hay un mundo entero que necesita que volvamos a sentir.

La revolución más urgente quizá no consista en encontrar al próximo fenómeno que nos haga gritar. Puede ser más bien la necesidad por recuperar la capacidad de conmovernos por aquello que ya no debería permitirnos permanecer en silencio.

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