Llegar a la Sala Ríos Reyna del Teatro Teresa Carreño con las expectativas altas ante el despliegue de una superproducción siempre es un ejercicio de ilusión. «Vaselina: El Musical Venezuela», bajo la dirección general de Elvis Chaveinte, prometía sacudir la nostalgia y llenar de rocanrol la capital. Sin embargo, como toda puesta en escena de gran envergadura, el resultado final transita por una ambivalencia notable entre aciertos visuales deslumbrantes y tropiezos narrativos que frenan el impulso emotivo de la historia.
La sombra sobre el escenario
Uno de los principales flancos débiles del montaje recae en el diseño de iluminación. En diversos pasajes, la apuesta por una estética excesivamente oscura o turbia juega en contra de la visibilidad general; a veces costaba identificar quién hablaba o seguir con claridad la intencionalidad de los rostros en escena.
A esto se suma un problema de ritmo en las escenas habladas, las cuales por momentos se sienten pesadas, perdiendo el ritmo y el dinamismo ágil que exige un musical. En el apartado interpretativo, la talentosa Diana Rami en el rol de Sandy se ve opacada y se pierde gran parte de la obra, quedando en un plano casi invisible que desaprovecha su capacidad vocal y escénica. Por su parte, Víctor Drija como Danny Zuko se muestra sumamente contenido actoralmente; aunque físicamente comprometido con el personaje, su interpretación se percibe rígida, carente de la chispa canalla y la frescura desfachatada que el icónico líder de los T-Birds demanda.

El triunfo de la forma y los secundarios de oro
Afortunadamente, el despliegue técnico rescata con dignidad la noche. El vestuario, las coreografías vibrantes y las acertadas escenografías logran recrear con eficacia la atmósfera de finales de los años cincuenta, transportando al espectador de inmediato a la época dorada del rock and roll.
Pero el verdadero motor que sostiene el pulso del montaje es un elenco secundario y de carácter que desborda talento. Claudia Rojas se come literalmente el escenario interpretando a Rizzo; su presencia es imponente, magnética, y brilla con luz propia como la chica mala por excelencia —es imposible dejar de verla cada vez que pisa las tablas—. Del mismo modo, José David Heredia cumple de forma sobresaliente como Kenickie, imprimiéndole fuerza y autenticidad al grupo, bien secundado por las sólidas ejecuciones de Nasid Naame, Beto Baralt y Yhon Terán.

Asimismo, es de justicia destacar el chispeante trabajo de Isabella de León como Patty, quien inyecta una energía entrañable y risueña, al igual que Mariana Marval en la piel de la Sra. Lynch y Carlos Arraiz como el carismático Vince Fontaine, aportando solidez. Y una inolvidable participación especial de Rafael Romero como el Teen Angel, quien deslumbra con su presencia y está fabuloso vocalmente.

En definitiva, «Vaselina» en Caracas se alza como un espectáculo visualmente atractivo impulsado por interpretaciones secundarias memorables, aunque con tareas pendientes en su dirección de actores y claridad lumínica para redondear la fiesta que el público esperaba.


