Dos propuestas escénicas se estrenaron recientemente en la marquesina teatral de Caracas, se trata de Consumidas, original de la dramaturga norirlandesa, Karis Kelly y Volver a la casa de la gata, original del dramaturgo venezolano, Ramón Suárez Arab. Ambas toman como punto de partida el núcleo familiar para contar la compleja relación que se establece entre sus miembros.
Consumidas, la herencia de lo no resuelto
Esta pieza nos llega de la mano de la agrupación Sinergia Teatro y su director y productor Deiby Fonseca, quién además se ha convertido en los últimos años en el motor del Festival Círculo Escénico, evento que le ha permitido indagar en la dramaturgia internacional contemporánea. Es así como encuentra esta punzo-penetrante propuesta textual de esta joven escritora del norte de Irlanda, quien a través de su texto expone la compleja relación entre cuatro generaciones de mujeres de una misma familia que purgan sus errores en medio de una cena de cumpleaños para celebrar los 90 años de la bisabuela y matriarca del clan.
Categorizada como una comedia negra, Consumidas, ubica al espectador como un voyeur de esta casa donde ocurre la celebración y es la perfecta excusa catalizadora para que las fuerzas ocultas de frustraciones, miedos, secretos, tormentos y en fin vidas no resueltas, choquen y estalle el conflicto central que propone la dramaturga: como los traumas y acciones del pasado se van heredando de generación en generación y terminan determinando nuestras vidas.
El mordaz humor negro del diálogo y la hiper-realidad de la puesta en escena que decidió el director, apoyan y refuerzan la contundencia del drama. Esa cotidianidad, de una simple celebración familiar contrasta con los caracteres que van aflorando: La bisabuela (Caridad Canelón) se presenta como la dueña absoluta de la situación y la que lanza dardos irónicos con exquisito humor frente a su hija (Hilda Abrahamz); quien en franca y obsesiva compulsión intenta mantener el equilibrio de la apariencia para que no se descubra el polvo debajo de la alfombra; pero sus intentos se frustan, al entrar en juego con su hija (Grecia Augusta Rodríguez) y su nieta (Mariángela Noguera) quienes vienen a compartir a esa casa después de muchos años ausentes. Pero en el equipaje que traen consigo, esconden muchos secretos que van detonando la acción dramática. En medio de esta lucha de titanes, la adolescente bisnieta, es quien toma la batuta para abrir la puerta a una resolución que lleve a algún lado.
El hiper-ralismo escénico es un arma de doble filo en el teatro, tratar de calcar la realidad es tarea compleja que puede o jugar a favor o en contra de la puesta en escena, en este caso Consumidas, sale airosa y gracias a la impecable producción de Fonseca y Estefany Polo junto a la realización escenográfica de Imaginario Group se logra un trabajo de dirección de arte impecable.
Las interpretaciones de las actrices es otro de los logros de este espectáculo, las veteranas Canelón, Abrahamz y Rodríguez dan rienda suelta a su sapiencia del oficio creando caracteres complejos, profundos, llenos de matices, silencios, subtextos que lanzan como dagas al espectador quien queda atónito en la butaca al descubrir el entramado de relaciones entre estas mujeres y cómo se tratan. Lograr llevar a un mismo nivel a las veteranas primeras actrices con las más jóvenes es un reto de dirección de actores y es lo que debe ocurrir para que no existan desniveles. En esta propuesta escénica Deiby Fonseca consigue salir airoso de esta tarea para ofrecernos un montaje con contundentes y sólidas actuaciones. Quizá luego del climax dramático de la pieza que nos conduce al desenlace queda algo confuso por la decisión de la dirección del cierre de la pieza este particular genera algo de confusión a la hora de entender qué pasó finalmente con estas mujeres.
En síntesis, Consumidas es un espectáculo conmovedor que hay que ver, ya que en él todos los elementos que conforman el discurso teatral están en feliz comunión: un texto dialogado con conocimiento de lo que desea plantear la dramaturga, una propuesta de dirección clara, con actuaciones que resuenan en la platea y una dirección de arte que acompaña para cerrar con broche de oro la totalidad del montaje.
Volver a la casa de la gata, cuando la vida nos obliga a tomar decisiones
Tres hermanos enfrentan la realidad inevitable de decidir qué hacer con su anciano padre ya impedido en silla de ruedas ante la viudez del progenitor y el no poder ya realizar sus acciones cotidianas como antes. Drama que toca la realidad de todo grupo familiar cuando los hijos deben cambiar de rol con sus progenitores y ahora hacerse cargo de ellos en el final de sus vidas.
Esta es la anécdota que cuenta Ramón Suárez en la que se convierte en su ópera prima estrenada en el teatro profesional venezolano. No es su primera obra escrita ya que tiene varios títulos en su haber, pero si la primera que se lleva a escena en un montaje total y no como lectura dramatizada. También permite al actor y productor Jayler Romero entrar en la dirección profesional, faceta con la que había coqueteado pero no desde el rigor y seriedad de un espectáculo con actores ya consagrados.
Esta puesta en escena resulta un montaje íntimo, sin espectacularidades innecesarias, en donde se cumple la premisa: menos es más. Sencillo y cuidado, Romero se enfoca en la dirección de actores y darle la importancia que debe tener el texto para que el mensaje llegue. Tarea difícil en este tipo de dramas ya que la línea delgada entre drama y melodrama puede ser peligrosa, al convertir el espectáculo en una lacrimosa puesta en escena, pero el director está consciente y no deja que esto pase, cosa que es un gran punto a su favor.
Acompañado por su elenco encabezado por los ya veteranos: Luis Carlos Boffil, Antonio Delli e Ignacio Marchena, junto a las nóveles: Iraida Sánchez y Marla Flores, el director logra orquestar una partitura de emociones que van in crecendo hasta llegar al clímax: el terrible momento de tomar la decisión de qué hacer con el patriarca que ya no puede valerse por sí mismo y quién deberá asumir esa responsabilidad o llevarlo a una casa de cuidados especializada en estos casos.
Las posiciones enfrentadas de cada uno de los hermanos hace que se reviva el pasado familiar, salgan a relucir secretos guardados y la personalidad de cada uno trata de imponerse, amén de la fuerte presencia del padre y su negativa de sentirse un inútil y depender de los demás.
Estos temas que Suárez desarrolla llegan directo a la sensibilidad del espectador, más en estos tiempos que corren cuando la sociedad venezolana se ha visto sometida a la diáspora y la carencia económica que ha obligado a tomar decisiones muy drásticas a todas las familias que buscan sobrevivir de una forma u otra. El duelo, la obligación, la sinceridad, la toma de decisiones, el amor, la hermandad son temáticas que afloran en este montaje y que inevitablemente habla de nosotros mismos y es un hermoso espejo que se va transformando en borroso al ver lo que nos ha tocado vivir como país en las últimas décadas.
La contundencia del texto, teatro sensible indiscutiblemente, es entendida a cabalidad por el director quien no se detiene en formas si no en contenidos y así logra orquestar unas actuaciones conmovedoras que inmediatamente enganchan al espectador. Junto a una correcta dirección de arte a cargo de María Teresa Coronado, obtienen un solvente espectáculo que hay que apreciar, ya que además estamos seguro se convertirá en un documento que da cuenta de una época, de una golpeada sociedad que empujó a sus hijos a tomar decisiones que muchas veces pueden ser equivocadas o no, cada quien juzgará al apagarse la luz y cerrarse el telón.
Dos opciones que engalanan la marquesina caraqueña y que de formas distintas toman como punto de partida la familia y sus relaciones. Dos espectáculos redondos en estéticas y propuestas de dirección y actorales que usted no debe dejar de visitar si quiere entender por qué cayó en la familia que le tocó. Y recuerde que #yonoquieromolestar
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Una columna de @yonoquieromolestar para El-Teatro.com.


