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«Pleybill 2»: Reír y cantar en medio de la turbulencia

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Desde el inicio de la calle Esmeralda se puede ver que las luces del Teatro Maipo están encendidas, como diciéndole al transeúnte que el espectáculo Pleybill 2 está por comenzar. Al entrar, es inevitable sentir el olor a licor como si de la abertura de la cinta Cabaret se tratara y una joven Liza Minelli estuviera por salir de algún lado. Y si se mezcla con el sonido de las botellas de gaseosas que parecen abrirse al mismo tiempo es fácil predecir que la sala está por llenarse.

Después de abrirte espacio entre los asistentes de la noche, llegas a la sala y todo parece normal.

“¿Cómo están?, adelante. Siéntense”, te dice una presentadora que te recibe con un vestuario que la lleva a las más divertidas escenas de The Rocky Horror Picture Show. Pero al reírse, ¡Oh! Al reírse y cantar, Silvana Tomé se apropia de la “previa” que sirve para calentar los motores de un público sediento por recordar sus musicales favoritos, esos que le han dado a Broadway el título que hoy tiene.

Como si la Nicole Kidman que inmortalizó a Satine hubiera prestado su alma para que Tomé se desplazara por el escenario con gracia y delicadeza, la actriz se despide de su acto inaugural con una sonrisa y en medio de aplausos, pero sin soltar prenda alguna  de lo que el público está a punto de ver.

Se apagan las luces y el cosquilleo en el estómago empieza a hacer estragos. La intriga de lo que vendrá en medio de una sala tan oscura llega a cada sentido. Los acordes del cierre de la película Chicago cortan inmediatamente el silencio y Bruno Coccia, Juan Fonsalido, Macarena Forrester, Manuel Di Francesco, Melina D’Angelo, y Pilar Muerza se apoderan de la escena para no soltarla por la próxima hora y media.

¡La euforia! Sí, ese sentimiento que nos hace más humanos, también llega como un espíritu para dibujar sonrisas en cada espectador, que agita sus brazos como las olas del mar mientras se deja hechizar por las voces de artistas inagotables. Winifred Sanderson en la piel de Bette Midler estaría orgullosa de esta empresa.

Los homenajes no se detienen. Con sus entrenados cuerpos, los actores se desplazan de un lado a otro al son de las canciones de The Book of Mormon, Little Shop of Horrors, Cats, Pippin y Cabaret.

Los hurras y demás gritos llegan al finalizar cada número,  como un viaje que tiene como destino final el delicado oído de los cantantes.

Desde las alturas de una alfombra va por los cielos, el elenco parece tomar de la mano a sus espectadores y los deja volar por las recordadas líneas musicales de Mary Poppins, Dear Evan Hansen, Funny Girl, Rent, Dreamgirls, In The Heights, Follies, Edges, The Last Five Years, Evita, Aída y Mamma Mía! Allá, entre los montones de nubes, la realidad de un país que empieza a sentir nuevamente el amargo sinsabor de los desaciertos, toma forma de una simple sensación mientras la alegría es la prioridad.

Sin embargo, el punto clímax del montaje es cuando las luces que iluminan el escenario se tornan verdes, a tono con el vestuario recién cambiado de los intérpretes para traer al territorio argentino, aunque sea por unos minutos, a las brujas más célebres del teatro.

Aquellos días previos a la muerte de Elphaba en manos de Dorothy son puestos aquí como un recordatorio de lucha y perseverancia, sobre todo si el amor es el principal motor, ese que lleva a Di Francesco a sorprender a su público al entonar los complicados versos finales de “Defying Gravity” en un delicado pero estruendoso falsetto, solo para convertir su participación en una verdadera experiencia religiosa. Brindemos en su nombre.

Para disfrutar de un show digno de las tablas de la Gran Manzana no es necesario viajar tan lejos. Tan solo unas cuantas estaciones del metro subterráneo separan a los porteños de una presentación que merece la pena ver, sobre todo si la nostalgia de los tiempos lluviosos de la primavera invaden las ventanas de la ciudad y, como en los oscuros años de la Segunda Guerra Mundial que vieron sus frutos en el nacimiento de los musicales, tener una sonrisa en el rostro es casi una necesidad.

Si no, que lo explique Judy Garland que vivió la edad dorada del género y desde su eterno descanso inspira a otras tantas personalidades que han tomado su legado para iluminar a la sociedad del ocaso al que la han llevado tantos problemas y extraerlas del placer mundano de la aldea virtual.

La cita tiene una fecha más y es el próximo viernes en el Teatro Maipo, en la ciudad de Buenos Aires, Argentina, a las 21:00 h.

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