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“Tommy”, el musical en el que los traumas suenan con rock

Poco antes de finalizar los años sesenta, la banda británica The Who había dejado de ser un ícono y estaba al borde de la bancarrota. Pero fue el disco conceptual Tommy, en el que describían la triste historia de un chico sordo, ciego y mudo, el que le permitió ganarse una posición privilegiada en la historia del rock y llenar grandes estadios de todo el mundo.

La crítica periodística considera la música de este material discográfico su primera ópera rock. Su primer sencillo, “Pinball Wizard”, no solo fue un éxito en los centros nocturnos, sino que también se convirtió en el himno más coreado de la película que reflejó en la pantalla grande el traumático relato. Aquí, unos jóvenes Elton John y Tina Turner hicieron de las suyas para inmortalizar sus nombres en el cine musical.

Mientras tanto, mentes maestras se apropiaban del guion para llevarlo a Broadway.

En 1993, Tommy se convierte en el consentido de los seguidores del teatro musical neoyorquino y, unas cuantas décadas después, aterriza en Buenos Aires para darle a los porteños la oportunidad de conocer lo que es capaz de hacer la violencia familiar y la fama en la psique de una persona.

Así, la larga y roja cortina de la sala principal del Teatro Maipo se abre por última vez y una función especial a petición del público para presentar al cordobés Ezequiel Rojo –BARE: una ópera musical, Drácula en el rol del atormentado chiquillo que vive una serie de problemas familiares que empiezan con la partida de su padre hacia la I Guerra Mundial.

La historia se cuenta en dos actos. El primero va a una velocidad asfixiante para narrar el grueso del relato, y el segundo es en el que se resuelve el conflicto.

Aunque el musical siempre se ha comportado de una manera diferente a su versión cinematográfica, surge un inconveniente con esta adaptación: la carga dramática de Tommy parece estar reducida a su mínima expresión.

El cuento se muestra así de una forma edulcorada y disfrazada para toda la familia, a través de imponentes coreografías y coloridos vestuarios.

Y es que Tommy en su presentación original no era un canto político, como el de Hair o como el trasfondo de La Novicia Rebelde, sino más bien es una respuesta al fanatismo. Entonces, lo que se cuenta aquí es mucho más sencillo de lo que parece y no hay traducción a la que culpar.

El escenario del Maipo se hace sede de una pieza teatral que carece de la psicodelia y el drama que define la esencia de la obra de The Who, por lo que Rojo, junto con el resto del elenco, se ve obligado a llevar sobre sus hombros lo que puede ser la preocupación del director, Diego Ramos: la puesta en escena. Esto, junto con pasos de baile, escenografía, algunas veces minimalista, otras no tanto, y la estruendosa música en vivo, buscan opacar la gran falta que tiene este espectáculo, tan importante para los seguidores del teatro musical.

Con todo, es una historia en la que vale la pena convertirse en espectador. Por su imponencia teatral y por la trascendencia de sus canciones.

Por la banda en vivo conducida por Santiago Rosso y que mantiene el ritmo de la sangre continuamente acelerado. Porque Ezequiel Rojo deja su alma sobre el escenario. Y porque Patrissia Lorca es capaz de seducir a su público con su potente y oscuro personaje gitano.

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